Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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martes, 28 de octubre de 2014

VOLUNTAD EN ACTOS FIJOS

Dijo Dios: «Hagamos al hombre
a nuestra imagen y semejanza
Génesis 1,26

Cuando la esposa del hombre enfermó, nadie sospechó nada sobre el devenir. Luego, cuando la esposa del hombre murió, éste lloró, dejó de llorar, y con sus hijos también siguió sin sospechar, como el resto del mundo, qué ocurriría en el futuro. Fue entonces que el Escritor del Destino dispuso el transcurso del tiempo en el orden más coherente posible hasta que la gente comenzara a intuir que el hombre no se moría, que se mantenía joven cuando debiera ser un anciano, y que sus hijos seguían la misma pauta biológica.

La esposa del hombre era gentil mujer, amable incluso cuando no se suponía que debiera serlo, condescendiente cuando la adversidad no permitía que nadie lo fuera. Y todo ello tenía sin cuidado al Escritor del Destino, quien sólo dispuso para ella tales actitudes porque así las creyó convenientes en el universo donde cualquiera pudiera rogar y nadie lo pudiera conocer. Similarmente, el esposo también tenía sus propias actitudes, y los hijos pensamientos de una voluntad que creían les pertenecía, no obstante sin que alguno pudiera conocer en los primeros años su propia inmortalidad.

Habiendo notado la gente de su entorno que la familia no se moría, aun pasados los años, aun pasadas las pestes, el Escritor del Destino dispuso una persecución. Huyeron padre e hijos adonde nadie pudo seguirlos, no por falta de constancia, sino por un olvido al que son susceptibles todas las modas. «Ya se fue» es la respuesta cuando una araña ha escapado, y eso mismo ocurrió con la familia, que dejó pasar tres generaciones, cuatro, cinco, las suficientes antes de perder la paciencia. Así, el hijo sintió el apremio de formar su propia familia, quizá su propio sino.

El joven anciano volvió atrás, como si la constancia no se hubiera suspendido en el olvido al que son susceptibles las modas, y siguió más atrás en el tiempo, ignorando que era un anciano de apariencia joven, de fortaleza intacta. Encontró en lo reversible de aquel universo a una mujer lo más parecida posible a su madre, y la desposó. Entonces, no pudiendo detener la inversión a que lo hubo sometido el Escritor del Destino, volvió a la época en que su padre, su hermana y él fueron perseguidos, y comenzaron otras personas la cacería jamás olvidada y vuelta de moda por el hijo inmortal del hombre que era también inmortal. Sólo que a diferencia de su padre, él no pudo escapar el día en que lo emboscaron entre seis, siete, ocho personas, quizá todo un pueblo.

Dio indicaciones a su esposa, advirtiéndole que no volverían a verse. Aquella carta, un breve pergamino, decía, entre formas de un temor romántico, que huyera la familia al lugar tan lejano donde el olvido parece borrar las constancias, para encontrarse con el suegro. Prevenida y presurosa, siguió su camino mientras el esposo servía de carnada contra la furia de un pueblo que no pretendía tardarse en fulminar a aquella breve estirpe. Y fue en el camino que el Escritor del Destino la hizo olvidar esa culpa por el abandono del ser amado, justo donde la falta de memoria la hizo desistir de aquella constancia.

Sin que nadie los persiguiera, los nietos y la nuera del hombre cuya esposa fue gentil y condescendiente llegaron adonde éste se encontraba. Se presentaron, anunció ella la mala nueva, y antes de llorar –como lo había dispuesto el Escritor del Destino– supusieron que el hijo (o hermano) había muerto, dejándoles una infundada claridad respecto a una pregunta que siempre se plantearon, «¿Somos inmortales al asesinato?», porque sabían que lo eran a la enfermedad, no obstante ignorando si lo eran al homicidio. Equilibradas las emociones, tomaron todos un sitio de aquella remota lejanía, es decir, los que habitaban ahí volvieron adonde ya estaban y los que recién llegaron comenzaron a habitar ahí.

Luego, como si la inversión de las cosas llevase inexplicablemente adonde comenzaron, el Escritor del Destino volvió a disponer que la única mujer mortal del sitio padeciera alguna peste y al cabo de cierto tiempo muriera debido a la misma. Y como antes ocurrió, fue llorada, dejaron de llorarla, y nadie pudo sospechar lo que el devenir contendría.

Pasó el tiempo, y los nietos fueron hombres en edad para buscar hacer una familia, y aunque no les fuese implantada dicha esperanza porque pareciera imposible concebirla en las circunstancias que les correspondía vivir, el Escritor del Destino había dispuesto que todos ellos tuvieran implantada una búsqueda casi instintiva por preservar una especie que era eterna, pensando aún con la inconciencia de quienes son mortales. Por ello comenzaron las riñas entre el abuelo y los jóvenes hombres. Uno de ellos, más sensato, aguardó a que el Escritor del Destino tomara alguna determinación, incluso sin conocerlo y sin saber que la misma existía aun si no la aguardara. No obstante, el hermano más impulsivo creyó decidir –porque ciertamente todo estaba ya dispuesto, cualquier acto, cualquier creencia, por el Escritor– retar al abuelo y mostrarle de una vez por todas que del relato de su madre no podía concluirse nada, que ninguno vio ni vivió en carne propia la muerte de su padre, y que eran los miembros de aquella familia inmortales incluso al suicidio.

Se enfrascó la hija del primer inmortal en una lucha donde intentó arrebatar el cuchillo al sobrino nieto, luego el abuelo se sumó a la trifulca, y entre todo el alboroto intentando eludir la muerte lograron conseguir un homicidio inevitable. Así, cuando sintieron que una fuerza de las tres que discutían cuerpo a cuerpo se debilitaba, las otras dos desistieron. Entonces encontraron la sangre derramada por el suelo, era la tía abuela, era la hija, que había regresado a la inversión de las cosas, muriendo otro de los inmortales de aquella breve estirpe, otro de los hijos del primer inmortal, sólo de esta forma confirmando lo que antes fue una infundada claridad.

Regresó el nieto sensato de andar buscando algo y encontró que su tía abuela, también la de su hermano, estaba muerta, tendida sobre el suelo, y que ninguno de los hombres ahí se movía. Preguntó el recién llegado qué había ocurrido y sólo recibió el silencio. Y como parecía ser el sino de todos ellos, nadie lloró sino hasta comprobar, en directo, lo que antes fue una pregunta con respuesta infundada: «¿Somos inmortales al asesinato?»

Vagaron bastante tiempo por aquella región, y se vieron los rostros diariamente porque no había más adonde ir, ni más cosas que sentir, porque temían a la muerte que a nadie olvidaba, ni siquiera en aquella región alejada de linchamientos. Y viendo el Escritor del Destino que todo ello era un callejón sin salida, que esas personas estaban acorraladas por el miedo a salir, y sin hacer nada, por el miedo a yacer, borró la conciencia de cada uno, cambiando la realidad de todo aquello, sin mucha tardanza, comenzando a escribir otra cosa, algo diferente, algo con algún final quizá, falso en la falsedad misma por tratarse de ficción pura, no sin antes disponer por última vez el siguiente rezo dedicado a él mismo, enunciado por el hombre que era una abuelo inmortal a la enfermedad, mortal al homicidio –aunque sin saberlo con plena certeza, porque nunca antes había muerto ni después habría de morir–, preguntándose lo que desde el primer día nunca pudo contestar:

Te ruego sin conocerte
que me expliques por qué ruego,
por qué escuchando el pasado
mis voces dicen un verso
sin que pudiera evitarlo,
sin que pudiera entenderlo:
ruego poder conocerme.

He pensado en mis adentros
que tenemos parecido,
que a ti soy muy semejante,
porque no hayas conocido
otra forma de encontrarme
más entero por mi sino
que en tu imagen de perfecto.

Empero también concibo
fue la forma que me diste
la ilusión que tú quisieres
algún día en ti revivirse,
el anhelo que sintieres
por cumplirse en lo imposible
de mi existir ficticio.

Sólo puedo en mí sentirte,
desde mí quizá aprehenderte;
sólo sepa adivinarte
desde siempre y para siempre
mientras pueda condenarme
a vivir eternamente
o quizá contigo irme.

Y entre tanta adivinanza
pretendo que sepas todo,
de menos poder decirme
las razones en mis modos,
o siquiera si persiguen
mis razones sólo un poco
de tu lógica lejana.

Así termino el poema,
creyendo tener voluntad
en todos mis actos fijos,
en donde se pueda ocultar
de mi evidente destino
tu poder y tu libertad,
y la misión que yo sienta.

28 de Octubre de 2014


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