Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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martes, 29 de julio de 2014

EL ALMANAQUE DE LOS SUEÑOS


HIELO DE LUZ

Aún sigo girando. El giro es como de un leve respiro, lento, cíclico, y casi siempre imperceptible. Asimismo, sólo en ocasiones alguien se dispone a medirlo. Aún sigo girando mientras la velocidad de la Luna no sea tan grandiosa y nuestro destino transcurra a tasas razonables. El destino, por cierto, en este Universo, en principio, es irreversible. Aún sigo girando y sigue viéndose el espejo del Sol. Tengo por derecho de nacimiento un espejo del Sol y lo comparto con mis amigos, con mis enemigos, y vemos que se enrojece cuando juntos le hacemos sombra, aunque ni mis amigos ni mis enemigos lo deseen. Pero el Sol es tan grande e imponente que, además de ser Apolo, atraviesa nuestro aire con su luz y convierte a la Luna en naranja. También comparto ese espejo con la gente que no me conoce y, por derecho de réplica, también les soy desconocido. Aún sigo girando y como siga viéndose el espejo, sigue viéndose la oscuridad del Universo que aun plagado de estrellas no tiene por destino ser visible. Sólo vemos lo visible y el resto lo imaginamos a diario. Ni siquiera cuando el galvanómetro muestra subidas y bajadas me encuentro ante lo visible. Ni siquiera ante el traqueteo intermitente del contador Geiger se manifiesta en mis ojos la marea radiactiva. Sólo puedo imaginar –quizá correctamente– que una «cosa» atraviesa el alambre cargado e induce la matraca aunada a la aguja puntual. Aún sigo girando y el cielo va dejando de ser imaginario. Entonces suena el estruendo que pretendo evitar desde la inconciencia. Mis manos lo programan y mis manos le dicen «¡Basta!». Cuando esto ocurre, una corriente de aire frío se aproxima adonde aún hay obscuridad aunque afuera sigamos girando. Aunque ahí mismo se siga girando. Nadie puede escapar de ese giro sin un casco como escafandra. El frío corrompe mi piel y me convierto en gallina. Porque soy un cobarde y prefiero levantar la obscuridad haciendo cubrir mi cabeza y esperar a que su calidez me envuelva. Sin embargo, sigo siendo un gallina y le temo a mis propias imposiciones. Así que levanto la obscuridad, me hielo de luz y enciendo la otra luz, puesto que aún sigo girando y aún sigue viéndose el espejo del Sol.



ASIENTO 28

No deseaba romper con el silencio, cómodo. Sin embargo, el freno del tren era el freno de la calma y así, más por necesidad que por una intención fundada, él optó por disculparse con su vecino de enfrente, tras casi haber derramado el expresso sobre su ropa, sobre su pantalón. La mancha no sería notoria: el pantalón era negro. Aún así, las manchas yacen más en la conciencia que en la visión, y por ello insistió en disculparse por aquello que hubiese ocurrido en un caso más trágico. Eso según su perspectiva, pues en realidad el vecino decía, con verdadera calma, sin enojo, «No se apure, no ocurrió nada», y seguía con la frase hasta el punto en que la amistad entre los dos hombres pudiera constituirse por la eterna solicitud y la eterna disculpa por algo que no había que disculpar.

No obstante, las amistades no se fundan así. Quien no deseaba romper el silencio lo retomó, más por cansancio y por no proseguir con la humillación innecesaria –humillación porque así lo apreciaba aquél–. Ya roto el silencio comenzó el vecino una conversación donde él únicamente hablaba, y donde el hombre del silencio era el único que oía atentamente, apenas logrando descifrar el significado de tan curioso monólogo:

¿Sabe?, la soledad es ineludible. Por ejemplo, una piedra está sola porque no siente nada. Y si lo siente, no lo sabemos porque ella no habla. Y si hablase, quizá nos mentiría. Y si no mintiera, de todas formas no la comprenderíamos porque incluso empleando nuestra lengua nos describiría su forma de sentir, que no podemos garantizar sea la misma que la nuestra. Y, ¿sabe?, me siento como esa piedra. Dudo que me entienda. Y si me entiende, dudo que sepa lo que siento, o sea, que sienta igual que yo a la soledad. Es muy probable que nunca lo haya reflexionado, pero no importa, ya estoy acostumbrado a eso. De vez en vez converso con la gente, como usted ahora mismo, más por mantener mi salud mental que por una imperante urgencia. Es más un gran esfuerzo, pero no me lo tome a mal, usted es un señor muy agradable. ¡Ah!, ya recuerdo, hoy me vi al espejo, en la mañana, como todos, supongo que usted lo hace, y conseguí, naturalmente, observar mi reflejo. Aunque, si veo un vidrio, intentando ver mi reflejo, lo percibo tenuemente, y tenuemente a alguien más. Sí, a alguien más...

Detuvo el monólogo por un breve instante, como intentando reflexionar sobre algo, para lograr aprehenderlo, sin saber en realidad qué era aquello, luego viajando a una región de su mente que no era inmediatamente accesible. Así, sin desear romper ese nuevo silencio, parecido a una añoranza eterna, el hombre del silencio anterior, ahora también del posterior, no se atrevió a intervenir sobre algo que, como declaraba el monologador, no entendería aunque ambos se expresaban con la misma lengua. Despertando del trance, el hombre solitario reanudó el diálogo donde él hablaba, el otro escuchaba, y que finalmente seguiría siendo monólogo:

Así son mis amigos, mis conocidos, y la gente amable como usted. Es decir, son como el reflejo de un cristal. Parcialmente me veo reflejado en ellos, en ustedes, pero no del todo, porque lo traslúcido del cristal de una ventana, sí, con más frecuencia de una ventana, evita que yo pueda aprehender por completo mi reflejo. En contraste, lo transparente de la ventana suele mostrarme a alguien más, alguien ajeno, alguien que no es como yo y que es como el resto del mundo. Entonces no alcanzo a comprender quien soy yo entre todas las personas, porque no me reflejan nada, apenas algo que pretendo entender pero que jamás consigo sujetar. Pero no es una ilusión; es real. No, porque la siento, incluso de las piedras. Veo el cristal de la ventana y existe un paisaje momentáneo, luego yo, luego el paisaje, y así sucesivamente, de no ser por la realidad cotidiana que me desprende de la ventana: el frío, el calor, o una mano que interrumpe mi soledad placentera. Lo gozo, sí, porque mi reflejo, es decir, la metáfora de quien soy en realidad, no me puede traicionar. Yo no soy capaz de traicionarme, y, por ello, puedo ser (y lo soy) mi mejor y único amigo. Cualquier otro reflejo sí lo haría. Incluso la piedra, tan inerte y sin sentir nada, según supongo, incluso ella podría golpearme y matarme de una sola vez. Entonces uno comienza a sentirse frágil, perseguido no, pero frágil, y el mundo, más aún, el Universo, comienza a ser irrelevante y prescindible. De tan prescindible que comienzo a desear la muerte, donde supongo que nada más hay, donde el sentir carece de sentido y así no puedo sentir ni placer ni dolor, nada, ni siquiera traición. Como supongo que se siente una piedra, o una silla también, ambas fuera de toda queja o voluntad. Una total entrega. Como un árbol, aunque éste tiene cierta forma de egoísmo porque consume el aire para sí, pero igualmente se entrega, casi como la tierra. Sí, quisiera ser un árbol y, en contraste, me siento más como un rinoceronte. ¡Tan bello animal! Esquivo.

Irritado por una especie de vergüenza ajena, el hombre del silencio se disponía a intervenir la conversación, que en realidad era monólogo, y confortar al hombre solitario por no sabía exactamente qué, pero por algo. Sin embargo, cayendo en la cuenta del silencio repentino tras la palabra «Esquivo», y como hombre del silencio, conservó también este tercer silencio dejando al hombre solitario ensimismado cual rinoceronte que se sentía. Entonces el hombre del silencio consiguió pensar, hilvanar algunos detalles de la breve exposición del hombre solitario, y sólo pudo comprender que este hombre era extraño, que efectivamente no lo entendía totalmente, pero que, en virtud de la inteligencia, alguna profunda lucidez contaría en su mente, sobretodo por tan espléndidas metáforas, según su perspectiva, acerca de la soledad: el espejo, la piedra, los cristales. Queriendo conocerlo un poco más, intentaba conversar de alguna forma con el vecino, pero no hallaba el motivo crucial diciéndole de tajo y por una buena vez algo inteligible ante tan prolijo señor. Pasado un par de minutos y no encontrando lo que buscaba, desistió. Luego, casi sin esperarlo, sin concebirlo voluntariamente, sin percibirlo, cayó en un sueño leve pero firme sobre una de las ventanas del tren, por supuesto, la correspondiente al asiento 28.






ACERTIJO

Soy el acertijo de un sentimiento,
la adivinanza de hombres ignotos
que, mutuamente, me ignoran e ignoro,
que adivinando conozco supuestos.

Voy dando claves sabiendo escondidas
estas certezas que cargo conmigo:
sea lo que siento o que haya comprendido,
lucen distantes las mentes amigas.

Haya aprendido del mundo moderno
la cibernética como esperanza,
mas solitario yo siempre me tengo

pues entre aquellos de plena confianza
son quienes lúcidos han, los secretos,
todos, abierto desde lontananza.






VIDA Y LUGAR

Para lograr escuchar tu voz, tengo que esperar a la hora antes de dormir y prolongar la vigilia hasta la hora después de dormir. Es decir, hasta la hora después de dormirse todos en esta casa. Dicha espera no es infundada: cada uno de los habitantes hace un ruido y debo hacerme silencio generando mis respectivos ruidos, por lo general música. Ocasionalmente la música está en español, más veces en inglés, las menos en alemán o en francés. Caetano Veloso es el único que escucho en portugués. Amiga, el ruido me interrumpe toda la vida.

Anhelo transformar el infinito del amor en la infinitud del espacio y del tiempo, pero la metáfora es atravesada por el estruendo de la simplicidad. Mis oídos buscan el ritmo, y fácilmente lo encuentran cuando nadie está despierto, más aún cuando nadie está aquí, pero dicha métrica es tan frágil como las membranas de grafeno. Quizá dichas membranas sean contundentes, pero son incipientes –al día de hoy– y, como tales, cualquiera las puede destruir. El antiguo vicio de utilizar audífonos (cascos) para eludir tanta sonoridad inútil ha generado nuevos problemas: ha roto ya no sólo la membrana del silencio puro –el que no es falsamente creado por otro tipo de ruidos, más agradables que los ajenos–, sino también ha roto la membrana de la sonoridad pura y, finalmente, escucho un zumbido que de ahora en adelante será uno de mis fieles compañeros. Sin embargo, dicho zumbido no es tan molesto como la verdadera interrupción de las palabras ajenas, las de las personas en esta casa o las personas que escucho en las canciones, las palabras que se confunden con las propias, las que se ubican en mi mente.

No duermo bien por ello. Tiendo a dejar el trabajo hasta muy entrada la noche, con tal de aprovechar al máximo el silencio, el silencio, el silencio de paz y calma. No obstante, el cansancio me agobia y sólo tengo, a lo más, dos horas de cordura, una media hora de cabeceos y versos surrealistas, y un cuarto de hora de incomodidad por caer sobre el escritorio en lugar de la confortable cama. Así, no es mi deseo compartirte una fotografía de estos días, mía por supuesto, porque es fácilmente apreciable el cansancio de mis ojos, con ojeras que amoratan los párpados inferiores. Este sueño también genera depresión: me aburro con facilidad, me irrito por la impotencia de no escribir, no escribir, no escribir más y con inteligencia, coherentemente. Recurro, en momentos, a la Matemática para adquirir un poco de cordura. Las ecuaciones tienen un alma de exactitud indiscutible –aunque indemostrable– que me dan la confianza de no caer en el abismo de la tempestad, los ruidos, siempre los ruidos ajenos.

Si tan solo en mis sueños pudiera escribir. Pero en ellos también la gente habla, e intentan asustarme con tal o cual increpación, etcétera, así son los sueños. Por estos días he soñado más que de costumbre, nuevamente a causa de los problemas que yo mismo he generado por no querer dormir sin haber tenido producción literaria. Las herramientas de trabajo del poeta son la pluma, el lápiz, la goma, el sacapuntas, el papel –una hoja tamaño carta–, o bien, el ordenador en sustitución de las anteriores. Pero también lo es el silencio, que el ordenador pretende sustituir –porque así lo pretendo yo– con los reproductores de música, sin embargo no es suficiente. Nunca es suficiente el ruido para destituir otros ruidos y generar el silencio. Es algo como «ojo por ojo, y al final todos terminaremos ciegos», pero implementado a los ruidos: «ruido por ruido, y al final todos quedamos sordos». Necesito el silencio para escuchar la sonoridad precisa de mi voz –estridente– y hacer un cálculo, una medición del ritmo, muy a la manera en que mi cerebro lo entiende y en que yo le doy vida y lugar.



BAISER

Londres no es París. De tal forma que prefiero el comedor antes que la cafetería, el dormitorio antes que la sala-comedor, y tu presencia antes que cualquier otra opción en este planeta. Habiendo por siempre tantas opciones en el Universo, es que tengo anhelo de ti permanentemente. Por siempre. Entonces aceptaría –como ya lo hicimos antes– beber un café que no me agrada, y agregar –como ya he elegido antes– azúcar en la cantidad que no me gusta, y sentir el viento de una canícula que infecta todo lo que se come, con tal de observarte una vez más. Así, como aquel día, uno que no había sido destinado como los anteriores ni que será el preludio certero –según yo– para los posteriores.

La conversación que tuvimos fue en francés, tras una solicitud que no fue tal cosa. Porque nos encontrábamos solos, mejor dicho, a solas, y nunca había sentido –sentir es medir con la vida– el amor. No tuve forma de saber si aquello lo era, pero cabe decirse que me vi sobrepasado porque en la eternidad de tu compañía, el milagro, estaba más allá de mis formas de sentir, tan primitivas como jóvenes. Sólo alcanzo a adivinar que los pasos anteriores a la conversación, que llevarte del brazo con mi brazo –aunque fuiste tú quien así lo propuso sin decir una sola palabra–, que lucirnos como uno mismo en la presunción de lo que éramos, que levantarnos de nuestros asientos sin saber realmente porque lo hacíamos, y porque sabíamos lo que estaba ocurriendo en el instante de la confesión, sólo alcanzo a adivinar que todo ello era amor.

Me vi rebasado por el corazón, por el alma, por el espíritu, como sea que reciba el nombre dicha entidad mental, y sin más, de repente y como una sorpresa ocurrió el siguiente poema:

Soudain, à tes lèvres je me suis rapproché.
Par une étrange inspiration de ma force
ajuste elle en démontrant certitude, donc
mes doigts sur ton visage, étaient enchantés.

Amicale ta réponse m'a réellement touché;
avec tendresse la surprise tu bien admets:
douceur, ta bouche, qui m'a transformé en proie,
et je deviens ton bref maître et ton esclave.

Cette vie qui est faible je voudrais perpétuer,
et aussi tout cela où je serai réincarné,
en étant étendu toujours sur cet instant.

Mais implique ma mortalité comme humain
dans les souvenirs les details chercher
du jour où nous sommes devenus immortels.

Le 12 Juin, 2014

Para hacer posible dicha eternidad, imagino que te encuentro como en aquella ocasión, en la parada del autobús, esperando su salida, y ni siquiera sé cuándo es que comencé a seguirte ni cuando comenzaste a saber de mí. Porque minutos antes habíamos descendido del mismo autobús, y transcurrió una aventura en su interior, otra vez tomando tu mano, otra vez sabiendo un poco más de ti, otra vez tomando testimonio en la memoria –quizá anotando mentalmente las palabras cual poema– y sin saberlo llegamos al mismo sitio, donde abordamos el autobús, donde estuvimos esperándolo, antes tú, luego yo, pero juntos desde siempre, y nuevamente ya habíamos descendido del mismo autobús donde podría transcurrir la vida eternamente, días y noches completos hasta agotarme de tenerme cada vez más inmortal. Tú me infundes vida, y vives conmigo la vida, y mientras más transcurre el tiempo hallo lejos a la muerte, no obstante la vejez.

El relato de una fraternidad que se convirtió en pasión queda en la irreversibilidad del Universo, en las estrellas que jamás nos encontrarán vivos, y que de alguna otra forma, sin conocerte, ni siquiera existiendo tú o yo, o ambos, podrían encontrarnos o no. Porque estoy vivo, y amor, porque he estado contigo, ahora sé que el Universo quería que estuviéramos juntos, o tendría que ser otra naturaleza la que acogiera todas las leyes con otro único propósito de tenerse diferente y jamás habernos conocido, y jamás conocernos, y jamás existir, ni haber existido. No obstante, el espacio y el tiempo se curvan para aguardar a conocernos, y morir juntos, y seguir en la eternidad irreversible, o que nada más sea eterno pero siempre concebible por un pasado remoto, de otro Universo que es el nuestro según otros universos ajenos, ni pasados ni futuros, y quizá siempre hayamos estado mutuos, y sólo faltaba esperar sin que el tiempo significase demasiado.



LA VOZ QUE YACE CONSIGO

Tiempo después, el dios de Abrahán –el que dicho hombre se agenció– quiso poner a prueba su fe y lo llamó:

Abrahán.
Aquí estoy.
Toma a tu hijo, al único que tienes y al que amas, no Ismael, no, Isaac, y vete a la región M. Ahí lo sacrificarás en un cerro que yo te indicaré, porque así lo dispongo: entiende que es para mí.

Se levantó Abrahán de madrugada, ensilló su burro, llamó a dos sirvientes para que lo acompañaran, y, por supuesto, tomo al objeto del sacrificio. Partió leña y realizó otros menesteres necesarios para el holocausto. Así, tras días de recorrido –quizá tres con sus respectivas noches– divisó desde lejos la región M, tan ignota de nombre como la inspiración le indicase a Abrahán que aquél era realmente el lugar esperado. Entonces dijo a los sirvientes, «Quédense aquí con el burro. El niño y yo nos vamos allá arriba a adorar, y luego volveremos con ustedes.»

Así dispusieron su hijo –no Ismael, sino Issac– y él los menesteres de un sacrificio donde el menester más importante ni siquiera sabía que lo era. Y Abrahán mintió sin mentir cuando su hijo le preguntó por el objeto de sacrificio: «mi dios proveerá el cordero.»

Al llegar al lugar indicado, una inspiración dictada por la fe del dios de Abrahán, se levantó el altar. Así, sin más, escuchando una voz que lo obligaba a mentir, una voz que lo obligaba al rito primitivo del sacrificio humano, escuchando a un dios, su dios, que yacía sólo en la mente esquizoide de él mismo, así estuvo a punto de degollar a Isaac, mientras extrañamente el objeto de sacrificio yacía dormido sobre el altar: Abrahán tuvo que lanzarle una piedra a su hijo para desmayarlo. Sin embargo, Abrahán no logró el cometido de la voz invisible de un dios que él mismo se dio a la tarea de escoger (o inventar). Y pensó: «Esto es absurdo.»

Desató a su hijo, limpió la sangre de la frente del muchacho, y mientras hacía tan dispendiosa tarea se juró a sí mismo que a pesar de las voces gritando «¡Sacrifica a tu hijo!», a pesar de su propia debilidad humana ante una enfermedad del espíritu –enfermedad mental se llama hoy día– y a pesar de cualquier increpación atentando contra su pueblo –la nación multitudinaria prometida de Jacob, su nieto– el sacrificio en contra de los hijos, y de los hijos de los hijos, y así el sacrificio en contra de cualquier ser humano estaría prohibido y se convertiría en un tabú por los siglos de los siglos.

Repuesto el hijo, desapareciendo momentáneamente no sólo la voz del dios de Abrahán, sino también la voz de Satanás, la que en verdad había hablado en el sueño con Abrahán –en realidad era la misma voz la de uno y la del otro, porque procedían ambas de la misma enfermedad–, le explicó a su hijo, sin pena alguna, mintiendo, que alguien intentó asaltarlos y que lo ahuyentó, no obstante había alcanzado dicho hombre a golpearlo con una piedra. Isaac confiaba en Abrahán. Abrahán le había heredado el padecimiento esquizoide a todos los hombres levíticos de la gran nación de Jacob, su nieto, y todos creerían en el mismo dios porque todos serían capaces de alcanzar a oír su voz, de confiar supersticiosamente en él, y también en Satanás, y de vez en vez se les escucharía, como ahora, hablar en voz alta o en voz baja con nadie, aunque ellos afirman que es la voz que yace consigo.



FRASES ADIVINADAS

Vuelve a sentirse el calor de la obscuridad. Con su cobijo, también vuelve a sentirse el silencio poético. Y así, una voluntad donde nadie ni nada interfieren, aunque lo deseen. Si el poema existe, en el verdadero escritor, en el verdadero poema, es sólo por el poema en sí, «dar por dar sin esperar nada a cambio», y jamás porque sea un deseo la fama, o el poder, o alguna clase de ambición inmerecida: el silencio poético no tiene valor calculable por no ser de este mundo, sino del mundo de las frases adivinadas (Harry Martinson), o de deidades subyacentes que metafóricas se convierten en santos. Vuelve a sentirse el calor de la obscuridad y el tiempo se repite, una y otra vez, sobre las mismas ideas y las mismas carencias: los mismos deseos:

Tengo confianza en el libro
que conteniendo palabras,
todas, subyacen poemas
que están ocultos; mas nada
ha de lograr impedirnos

a quienes métrica y ritmo
sirven al darle algún orden,
con la certeza en conceptos,
que un universo de voces
diga, valiente, sus trinos.

Tengo confianza en el libro
pues se haya escrito y compuesto
breve, una corta poesía
donde delatan sus versos
alguien que se ha definido.

29 de Julio de 2014
[para toda la obra]


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