Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

·

La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

·


lunes, 23 de diciembre de 2013

TIERNA COMPRENSIÓN


–¿Y hasta cuando cree usted que
podemos seguir en este
ir y venir del carajo? –le preguntó.
[...]
–Toda la vida –dijo.

Gabriel García Márquez,


Esperamos sentados en la parada de autobuses. No soporto dejarte y regreso a tu lado. Nos vamos alejando desde que soltamos nuestras manos. Así estamos los segundos, aún tomados de la mano y nos abrazamos. Tu cabello me estorba y mi boca parece comerlo; lo veo y está seco. Cubres mi espalda con tus manos, con tus brazos y entonces nos estrujamos porque sabemos lo que es extrañar. «Te quiero», respondo. «Te quiero», me dices. Nos estrujamos sin saber cuánto tiempo duraríamos así. Volvemos a estar enlazados por los dedos de una tierna comprensión.

Estamos caminando, tú a mi ritmo porque mi ritmo es el tuyo. Desciendes del autobús mientras te ayudo a no caer, simbólicamente, tomando tu antebrazo izquierdo. Voy descendiendo escalón por escalón, uno a la vez, tan lento como puedo para no suicidarme al tropezar por accidente, y tan rápido por el ansia de tenerte frente a mí. Decimos alguna última palabra de la conversación y nos soltamos.

Ni siquiera al dejar el asiento nos hemos apartado. Sentados, estamos unidos. Te doy un consejo que es más bien tentador. Platicamos de aquellas inquietudes que la juventud nos plantea. Te escucho hasta que la angustia llega. Parece que no alcanzan las palabras para resumir lo que quisieras decir y te apresuras a hablar. No deseo lastimarte ni abusar de mi fuerza y procuro sujetarme a tu mano quizá más que sujetarla. Suelo distraerme bajo la conciencia de tu mano sensible.

Describiste de nuevo el recorrido posible para visitarte. Recuerdo que podría visitar a mi querida amiga porque ella me dijo el recorrido posible y cómo visitarla. Veo el lugar donde dices que vives. «¡Ahí vivo! ¡Mira!», me avisas con encanto en tus ademanes y tu voz.

Intentas abrir la ventanilla de arriba, la más fácil de abrir, y recuerdo que suelo olvidar algunas cosas como que el aire caliente es menos denso y asciende. Intento abrir la ventanilla inferior que se encuentra atorada. Parece que tú siempre los has tenido presentes. Caigo en la cuenta del intenso calor y de que el agitado movimiento del camión no cesa. Confirmo que casi es invierno y por ende hace frío con calor de bochorno. Me indicas que el calor se ha acumulado y que produce bochorno porque hace frío: ya es otoño; es casi invierno.

Te sigo escuchando y sonrío porque estoy contento y para que intuyas que sigo al pendiente de tu voz. Tras un breve silencio, te ilustro que antes prefería más un nombre que otro de los míos, al igual que con mi absurdo apellido, pero que al cabo del tiempo aprendí que es mi nombre completo el único que tengo y comencé a apreciarlo sin valorarlo por partes. Hago notar que «de» sólo es un nexo, que no declinamos y por ello necesitamos de palabras como ésa, carentes de significado, porque sin ellas nuestras expresiones son incomprensibles: no significan nada. Te preguntas qué es, si preposición o qué, la palabra «de». Estás de acuerdo en que hay nombres así, donde se unen dos de ellos para formar uno solo. Recuerdo para ti la conversación que tuve con tu amigo Rodolfo, que también es mi amigo, donde según él tenía dos nombres y según yo, por ese «de», sólo uno, además de que sus padres coincidían conmigo. Que prefierirías el materno a cambio del paterno pero que en tu caso, por ser mujer, no se heredaría, lo cual da exactamente lo mismo. No te gusta tu apellido paterno y dices que tu madre tuvo a bien aclararte que para cambiarse el nombre se requiere hacer un juicio fastidioso. Es tu nombre muy hermoso y lo refiero en mis pensamientos. Reniegas por no contar con dos nombres como todo el mundo y reclamas por el pasado, ya ineludible, como si tu madre estuviera entre nosotros.

Noto e intento olvidar la transpiración de nuestras manos y caigo en el nerviosismo por tenerte frente a mí, aunque mantengo la calma inmediatamente: la edad me trae bastante certeza. Me fascina oírte. Repito, por haberlo recordado, que tu abuela tenía ciento y tantos años. Cuentas los años de tu madre, de tu padre, de tu hermano y, al final, de tu centenaria abuela. Me parece más estable la relación con tu familia por parte tuya que con mi familia por parte mía, aunque intento explicarte que, en pocas palabras, amo a mi hermana. Dices que tu padre es así, que tu madre te consiente, que tu hermano es muy listo, que antes peleaban él y tú pero ya no más, y que tus tíos y primos son asado.

Confirmas tu paradero y el tiempo para el encuentro con tu familia. Contestas el teléfono portátil y yo no sé quién es, pero en casa he aprendido a deducir de quién se trata a partir de la conversación. No sabes que recibirás una llamada y por ello me vas dando tu parecer sobre la Navidad que se aproxima.

Que no engordamos, pues somos jóvenes, con tanto chocolate, te digo. Ríes. «Como cerditos», aclaro e imito el chillido del animal. Que engordaremos por comer tanto chocolate, dices. Guardo la basura en mi mochila. Nos volvemos a tomar las manos. Recuerdas que quizá sea mejor mi manera de comer dicha golosina. Comemos al mismo tiempo, tú desprendiendo sólo un extremo del empaque y yo desbaratándolo todo. Nos soltamos las manos. Me convence tu argumento. Dices que, como antes te había explicado, te regalé parte de mis chocolates para que los compartieras con quien tú quisieras y que en dado caso me compartías uno de vuelta. Te insisto que los chocolates son tuyos, que no me los devuelvas. Me ofreces una barra de panecillo chocolatado de las que antes te regalé.

Hago caso y me prevengo de ese chicle y pienso que eres como un ángel de la guarda. Me previenes del chicle pegado en el suelo, al que tu pie se adhirió y supiste, después, liberar, y cuya existencia yo había olvidado. Nos recorremos un lugar en los asientos, tú más cerca de la ventana y yo mé acerco a tu corazón. El joven ha abandonado el camión. Esperamos a que el joven deje su lugar y podamos recorrernos. Nos hacemos a un lado porque el joven va a dejar su asiento. Vamos tomados de la mano, tú de mi izquierda y, por supuesto, yo de tu derecha.

Que tuviera cuidado, que no deseabas yo saliera volando, me dices con tu característica simpatía. En el momento justo de intentar tomar asiento, la brusquedad del vehículo nos hace perder el equilibrio levemente. Nos causa confusión el conductor y terminamos pagando cada uno su pasaje. Abordamos al cuarto camión, es decir, después de haber dejado pasar otros tres. Esperamos sentados en la parada de autobuses. No soporto dejarte y regreso a tu lado.

23 de Diciembre de 2013


No hay comentarios:

Publicar un comentario