Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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viernes, 27 de diciembre de 2013

SIN MÁS POR EL MOMENTO

Warum schweige ich, verschweige zu lange
[…]

Günter Grass


Desde que te conozco nunca te he escrito una carta. Nuestra comunicación a distancia siempre fue por teléfono. Si no fuera por el tiempo, porque realmente he despertado extrañándote, no estaría aquí, frente al monitor, intentando mostrarte una nueva faceta, quizá, de las que en persona conociste, o bien, quizá sólo recordarás todo aquello que siempre intuía te fastidiaba.

Eso no me avergüenza en absoluto. Eso tampoco me sorprendió: al tiempo en que nos conocimos ya había vivido lo suficiente por parte de otras personas, ya sabía qué les agradaba y desagradaba, en general, al encontrarse conmigo y, lo que es más, sabía cómo comportarme para desagradarte en ocasiones y, luego, que me concibieras como uno de tus más fieles confidentes. Como en aquel día cuando rompimos los tabúes, yo te confesé uno de mis amores prohibidos y tú, en reciprocidad un tanto espontánea, natural, pero al fin y al cabo extraña, me confesaste que te gustaba ejercer en tríos y, más aún, cogerte a los hombres.

Pero no es la forma de restaurar la vieja amistad que teníamos. Prefiero retomar a la gente que tanto admirábamos, como por ejemplo, ese profesor de Literatura que terminaste detestando a raíz de la confrontación que tuvo contigo. Aún recuerdo la pregunta, «¿Qué define esencialmente al modernismo?», y tu cara de preocupación infantil ahí, enfrente de todos, cara a cara al pizarrón, luego al profesor, luego al pizarrón... Si tan sólo me hubieses preguntado lo que habíamos hecho la clase anterior te hubieras ahorrado ese disgusto e incluso hubieses terminado amando a tu profesor. Acuérdate, nos dijo que una vez uno de sus alumnos le declaró su amor, que le gustaba mucho su forma de ser, tan varonil. No sé qué tanto creer de lo que él comentó. Según él, le dijo a su alumno que, primero, lo respetara, pues era su profesor antes que nada. Y luego sintió compasión por el muchacho:

–No quise reprenderlo más. El chamaco tenía los pantalones para decírmelo. Si uno está temblando y nervioso al decirle a una mujer «¡Me-me-gus-tas-mu-cho!», entonces para decírselo a un hombre debe ser “¡cañón!”.

Escondió la palabra «cabrón» en la frase, pero en su momento no lo noté. Sólo hasta que aprendí a usar el doble sentido entendí su preocupación por ser vulgar sin serlo, empleando eufemismos para las palabras que verdaderamente deseaba hacer entrever. Eso sí, has de coincidir conmigo, Benito Pantoja Bravo, el anciano de sesenta y tres años que entonces decía se jubilaría en poco tiempo y que, sin embargo, jamás lo hizo hasta donde supimos, siempre fue muy respetuoso de sus alumnos. Casi siempre.

No puedo sentir la misma aversión que tú hacia ese hombre. De alguna forma él tenía razón: fuiste un burro. Era sólo cuestión de que leyeras el resumen sobre el modernismo para saber que Rubén Darío era uno de sus escritores preferidos. Así lo recordábamos, en otras ocasiones, como el profesor que decía «Los hombres verdaderamente importantes sólo aparecen ¡en los libros!», y de repente exclamaba golpeando sobre la mesa para despertar a cualquiera que estuviera aburrido en su clase. Yo solía escribir poemas mientras los demás tomaban apuntes. Sabes, por supuesto, como muchos de mis profesores lo supieron y por ello me odiraron, que cuando soy alumno no suelo tomar notas, que todo yace en mi memoria o, en su caso, sólo tomo notas de lo más importante. No digo que en las clases de Pantoja nada fuera importante, al contrario, pero sus métodos conductistas eran tan sofisticados, tan ejercitados a través de toda su trayectoria docente, que yo terminaba aprendiendo sin la necesidad de escribir nada al respecto, sólo escuchando lo que ese hombre decía: esperando que no me fuera a sorprender con una pregunta repentina. A nadie le gusta que le llamen burro y menos a gritos.

¿Recuerdas qué tipo de música le gustaba? Yo no logro aclarar en mi mente si en algún momento de alguna clase, o si en alguna tarea siquiera, nos lo hizo saber. Como jamás escribí nada, sólo recuerdo lo que fotográficamente conservo en algo más parecido a una alucinación que a un hecho contundente. Muchos vivieron una especie de síndrome de Estocolmo, no, más bien un troquelado al estilo Konrad Lorentz, porque el hombre les había revelado algo así como las claves del mundo. Quizá eso fue cierto para varios, pero según tengo entendido nunca logró hacer eso contigo. Hemos de ser sinceros: él esperaba de ti que salieras del país, no que te quedaras a soportar las desventuras. Que hicieras como la mayoría de sus antiguos y exitosos estudiantes, que viajaras a París, u Holanda, y que finalmente terminaras el doctorado, pero nunca que te quedaras a vivir aquí, en la mediocridad. Así te manifesté hace algunos años mi opinión, muy similar: que este país era de “dos tercios”. Que la gente viviendo aquí era tan mediocre, tan falta de crítica y criterio, que su propia mediocridad no llegaba a ser de un medio, ni tampoco de un medio y la mitad del otro medio, sino de dos tercios. Pero tú sigues aferrado a que el destino te está atando adonde quiera que permanezcas atado. Como tú lo prefieras, está bien. Después de todo, así lo has de querer.

Extraño tus opiniones tan burlescas, irónicas, tan pecaminosas y a la vez tan semejantes a mí. Tendrás que ser agradecido. De no haber sido por mí, jamás hubieras logrado desatar esa carga de ideas extrañas, extravagantes, para darlas a conocer al mundo y así lograr lo que tanto anhelabas: quedarte aquí. Nunca entendimos porqué deseabas refugiarte del mundo, no, de las sociedades. Nunca supe porqué te causaba tanto dolor enfrentarte a un grupo. Sin embargo, ya me habías comentado que en el colegio te habían retado tus compañeros y que, finalmente, los hiciste tus enemigos de un solo tanto. Te conocí años después, cuando ya nadie deseaba atormentarte, pero tampoco le interesabas mucho a la gente. Menos aún a Andrea.

Para estos fines, la llamaré Viridiana, porque, según lo dijiste, ella detestaba ese nombre y ella no es de mi aprecio. Entonces, Viridiana terminó odiándote, pero que llamabas su atención y, en fin, jamás entendí porqué la amabas pero nada hacías por reconciliarte con ella. A veces consideré que te enamoraste dados los diecinueve años en que tenías las hormonas hechas mariposas, porque su aspecto era feminoide, es decir, no era plenamente femenino aunque sí hermoso, y por un sentido masoquista: me dijiste que su mirada era de efectivo odio. Pero a pesar de ello siempre la defendiste: la llamaban «La Simpson», o bien, la «simp-sonrisa», y sólo para hacerte notar le decías al resto del mundo «¿Y cómo quieres que tenga sonrisa si la llamas así?», creyendo que con hacerlo lograbas ganarte un trozo de su corazón hecho mármol. Le dijiste que la amabas, motivo que a la mayoría de las personas nos parece insuficiente para haberse separado. Eso es incompresible, eran amigos ustedes, quizá tú el único amigo varón que ella tenía en la clase, y ella tu única amiga. Sin embargo, y regresando a lo que inicialmente era mi intención recordar, me llamó la atención una situación objetiva que siempre referiste de ella:

–¿Quieres el disco o no?
–Si vas a regalar algo sólo regálalo y ya. No tienes que esperar nada cambio.
–El agradecimiento.
–Ni siquiera el agradecimiento.
–Bien, toma el disco.

Viridiana guardó el disco, según me contaste, en una de las tantas bolsas de su mochila. No sé porqué recuerdo tanto esos detalles. Tal vez me llamaron tanto la atención por la forma en que los relataste, impresionantemente sutil, sin amor, sin odio, sin dolor, sino simplemente siendo objetivo. Que le estabas regalando un disco que ella misma ya tenía, que ella no te había advertido aun cuando tú se lo preguntaste días antes. De todas formas, si querías regalarle el disco no tenías porqué esperar siquiera el agradecimiento de ella. Y que a partir de ese evento te enamoraste de Viridiana, por su elevada humanidad y sentido coherente de la vida. Insistiré en lo siguiente: a los diecinueve años las personas se convierten en adultos, algunas hormonas aparecen, otras desaparecen y, como tiene que ocurrir en todos los casos, hacerse adulto exige tomar las riendas de la vida y, si se logra, convertirse después en hombres y mujeres. Pero en ese tiempo ni siquiera tenías idea de qué deseabas, ni sabías que habrías de encontrarte con la horma de tu zapato, ni que ella sería, eso no puedo ni asegurarlo ni negarlo, la mayor de tus alegrías y de tus tristezas.

Me preguntaba qué ocurriría con el mundo si nadie esperase nada a cambio de dar un regalo. Si cada Navidad llegase Papá Noel y sin tener que esperar carta alguna o, lo que es más, sin tener que esperar que los niños tuviesen en el transcurso del año tal o cual comportamiento, seguramente todos los niños del mundo serían iguales ante sus ojos, y sabemos que esto es ante los ojos de sus padres. Por lo tanto, los padres de esos niños dejarían de comparar a sus hijos respecto a otros, reales o imaginarios, patrones idealizados sobre lo que el niño perfecto debe llevar a cabo para poder recibir un poco de amor al menos una vez al año. Aunque siendo consiguientes con el argumento anterior, los padres no le darían amor a sus hijos sólo una vez al año, sino toda la vida, sólo porque son sus hijos, y no lo estarían negociando con la celebración de una persona, de traje rojo y de obesidad mórbida, que ni siquiera existe. Si cada cumpleaños le fueran otorgados los regalos a una persona sin esperar siquiera que ésta se alegre de la forma más fingida, manifestando el real sentir ante la decepción de aquello que no deseaba, la gente comenzaría a tomar en cuenta las conversaciones del diario, lo que cada quien añora y admira, y si, por ejemplo, a un hombre que sólo goza de observar el cielo nocturno le fuera regalado un telescopio, muy probablemente sería la persona más alegre de ese día, y de todos los días, tomando el telescopio con tanto cariño y veneración, que jamás se olvidaría de quiénes lo quisieron, en qué fecha de cumpleaños, por el resto de la eternidad y tal vez sin necesitar celebrar algún otro cumpleaños. O algo aún más retador: si esa persona no admirase los cielos, sino la libertad de la tierra, de los vientos, de cada idea, de cada planta, seguramente con dejarlo vivir en la soledad de dicha Naturaleza, sin ninguna otra exigencia, sería suficiente. Pero las personas suelen festejar regalando sin saber si el festejado necesita o no el regalo, si es alérgico al regalo o no, tan sólo para resolver la culpa que ellos mismos tienen de no haber celebrado nada ni de haberle comprado algo valioso en alguna barata de tienda. No obstante, hay quienes entienden que un regalo puede presentarse en cualquier instante, cuando uno menos lo espera, sólo por decir «Te quiero».

Por lo que concierne a mi trato con Viridiana durante la Universidad, y aunque me desagrada –como a todos a quienes les desagradó en esos años– por “payasa”, nunca tuve problemas con ella. Era una compañera de equipo seria, profesional, y como amiga nunca la busqué, pero tampoco llegó a faltarme al respeto. En verdad su idea suena atractiva, aunque tendría que ser puesta a prueba por más de una persona, y sin rechistar por las consecuencias que pueda atraer. Porque hemos de tomar en cuenta que la gente prefiere vivir en la mentira de un regalo aparentemente atractivo que entender la verdad de una inversión torpe para alguien a quien no conocen. Sí, la gente prefiere las mentiras. Tan sólo mis padres vivieron juntos por llevar a cabo una apariencia y, a pesar de haberse divorciado, siguieron durmiendo en la misma cama, siguieron teniendo relaciones sexuales, siguieron diciéndose «Te quiero» y, al cabo de unos días, volvían a odiarse, a decir que el otro era impotente, que ella era una frígida, que afortunadamente ya se encontraban divorciados y todas las frases que fui escuchando en toda la vida compartida con ellos. Por eso prefiero la verdad, además de que es un don que nos proporciona la Naturaleza.

Reconozco aquellos días en lo cuales compartíamos confidencias. Cuando me dijiste toda la pornografía que veías en un día, cuando yo te dije los términos que había aprendido, las posiciones animalescas que uno podía encontrarse frente al monitor intentando desvelar, desanudar y volver anudar, por dónde comenzaban los pies de ella o por dónde terminaban los pies de él, pero no de ese joven modelo salido de Inglaterra, sino de ese otro estadounidense, y no de ese pálido polaco ni tampoco de la segunda mujer morena que tenían todos enfrente, lamiéndose todos no se sabía qué, y luciéndose todos en la tremenda orgía. También comentaste en cierta ocasión que los tabúes surgían cuando se tenía siquiera una poca de autoridad para prohibir incluso lo más insignificante. Que por eso eran imperdonables los años de fanatismo religioso en que la Iglesia, tanto la institucional como la gente ignorante que conformaba el rebaño del Señor, hicieron de la traslación de la Tierra un motivo de herejía. Que odies a estos fanáticos no es conflicto mío, pero estoy de acuerdo en no conservar como herejías lo que bien puede o debe ser conocido por todo el mundo. Como la crítica que hizo un viejo Günter Grass al decir lo que tenía que decirse, admitiendo, lo que yo mismo reitero, que Israel era un peligro para la paz mundial por el potencial de armamento nuclear promovido por Alemania con tal de esconder la culpa que aún les corroía por un holocausto herencia del pasado, lo que ya debería ser sólo un motivo de la Historia y no la eterna flagelación. Eso no querría decir que Günter Grass se olvidara de lo que hicieron u omitieron sus amigos, sus vecinos, quizá él mismo durante la guerra, pero si a uno le recuerdan las culpas permanentemente, más aún las que no le corresponden a uno, como ocurre con las nuevas generaciones de alemanes, y así como lo manifestó tu profesora de alemán, sería equivalente a pellizcarles el brazo, arrancarles la piel, pisotearlos hasta el cansancio y, después de tanto, hacer lo mismo que hizo Hitler, que en su caso fue restregarles la culpa de ser judíos a quienes sólo eran lo que podían ser.

No he de escribirte con rabia, pues, después de todo, esto ya lo hemos conversado, asimilado, reiterado e incluso hecho mofa. Es por ello que preferiría comentarte de la verdadera impresión (ésta como una de las pocas verdades aún sin revelar) que me dejó el conocer a J..., esa chica atractiva que tanto te agradaba y que, ahora lo sé, es tu prometida. Siempre me pareció que ella era una joven tipo «Simpson», más femenina, y nada logré sospechar con tu inexistente sociabilidad, pero al ver que te cubría los ojos y jugaba contigo, que se expresaba con bastante alegría, que esperaba a que intentaras adivinar quién era, y, finalmente, al descubrirte los ojos y verse mutuamente, sentí la necesidad de alejarme para dejarlos en la tranquilidad de ustedes mismos. Imágenes como esa me permiten desprenderme tan fácilmente de los conflictos, creer que la vida aún tiene motivos para seguir vivo, porque a partir de la Filosofía uno encuentra regularmente que el hombre es el lobo del hombre, que la lengua es la patria, que no es deseable la patria, sino la eternizada «frátria» de Fernando Pessoa, y que el conocimiento codificado es la última opción para los desposeídos y los perseguidos. Personas como J..., que te hicieran sonreír, siempre las preferí, aunque J... no deseara ser mi amiga, ni yo tampoco de ella, pero con que fuera el amor de tu vida me bastaba. Recuerdo la ocasión cuando sentados sobre la acera que siempre tomamos de banco para esperar a que llegara tu padre, me comentaste:

–¿Sabes?, quisiera que los instantes con J... fueran interminables. Que fuesen al derecho y al revés, que existieran en un eterno “for”. Quisiera programar la vida con ella utilizando ese comando, y de una vez por todas no incluir la condición de salida y que ésta no se convirtiera en un error sino en el mayor acierto de mi vida.

No entendí tus palabras hasta el día en que un amigo informático casualmente me explicó que “for” era un comando de computadora para repetir una instrucción hasta donde uno condicionara a la máquina y que, si no se establecía esta condición, la vida del programa se eternizaría, y comprendí que así de absurdo tendría que ser el amor. Hechos por el estilo me hacen volver al recuerdo de Pantoja cuando en su pizarrón escribió, como todos los días, la tarea, la que teníamos que investigar porque de lo contrario nos diría que éramos estúpidos, o más precisamente, que «El chamaco es estúpido, y si sigue sin estudiar va a ser un “looser”. Y si tiene hijos, ellos serán “looser-citos”». Pero no siempre actuaba de ese modo y no lo recuerdo por eso, sino por las distintas concepciones que tenía de lo ordinario de la existencia. En la tarea que según me encontraba por describir, se hallaban signos filosóficos que marcaron nuestra existencia. Frases como «Definición de línea recta» no pueden dejarse pasar de largo cuando se estudia lógica formal. Menos aún frases como «Teorema de Gödel» que terminan traduciéndose en el retorno a la ignorancia eterna con la cual Sócrates caracterizó a los hombres. Tal vez Sócrates lo hizo de esta forma no por mostrarnos a los hombres que teníamos que aprender más y más, no, que teníamos que parir más y más conocimiento, sino para enviarle una indirecta a su insoportable esposa y decirle qué tan ignorante era al no reconocer en la Filosofía, no, en la Mayéutica, las claves de la vida.

Siempre te burlaste de esa expresión, «parir conocimiento». Sé que lo hacías para restarle solemnidad a las referencias que yo ofrecía acerca de Sócrates, pero ni siquiera lo hacía yo por estar completamente de acuerdo con él. Siempre confié en que su método deductivo era tan simple como magnífico y sucinto, pero nunca he creído, creo que tampoco tú lo has creído así, que el conocimiento yazga en nosotros y que debamos extirpárnoslo metódicamente, sino que el conocimiento radica en la Naturaleza, en sus evidencias y realidades, en todas sus ideas posibles, y que con las herramientas tan diligentemente ofrecidas por el Universo es posible encontrar la verdad. Sean tal vez ambas perspectivas correctas y complementarias. Aunque, en ocasiones, y nunca me cansé de repetírtelo, uno llega al punto en que el hacer tabú a la palabra «tabú» podría no encontrar un origen, aunque tenga sentido dicha expresión y acto; ignorar su origen no radicaría en un defecto de la Mayéutica ni de la palabra «tabú», sino en que ni tú ni yo somos dioses para conocer esa clase de misterios y que esa clase de divinidades ni siquiera existen.

Que antes creías en Dios y que desde los trece años ya no crees en él. Que antes eras heterosexual y que ahora eres bisexual, que eso no te impedía amar a J... como lo hacías, y que definiste toda tu vida en la época de las incertidumbres adolescentes tan sólo para retar al resto del mundo y decirle «¡Oigan!, tengo trece años, pero la inteligencia me ha llevado a la sabiduría de los treinta». Nada de ello me sorprendió. Siempre vi en ti a alguien no extraordinario, no peculiar, no asombroso, no sabio ni inteligente, sino a un amigo. Por tal motivo fue que hace años te relaté la historia de mi primer beso. Como es una historia que disfruto mucho recordar, me tomaré la libertad de escribirla aunque esta carta estaría dirigida exclusivamente para ti y con otra intención. Dice así:

Érase una vez un chico de quince años que conoció a una joven de quince años. La joven era mayor que él por veintiún días, y él había nacido en un día veintiocho. La joven se llamaba Liliana. Y aunque la historia del primer beso sea una historia de amor, en su caso fue también una historia de rebeldía. Ella tenía suficiente libertad para ir a la escuela, disfrutar del año perdido por haberlo reprobado, y él la había conocido en la escuela sin considerar que ella sólo buscaba un noviecillo cualquiera, un amor típico y sin sentido. Así pasaron los meses, transcurrieron los días, se adelantaron los relojes, amaneció y todo se vio más obscuro, se citaron un sábado donde se tomaron de la mano, ella de la izquierda y él de la derecha, y finalmente se besaron porque se encontraban excitados, porque era primavera, y porque la mirada de Liliana se encontraba desafiando de él la inocencia. Porque ella había tenido novios y un primer beso anteriormente, y él jamás había tenido qué ver nada con nadie, apenas se encandilaba con una niña y ya quería declararse a otra, pero jamás se decidía, y porque la vida lo hizo, como antes se mencionó, ser el menor, y a ella ser veintiún días mayor.

Siempre dijiste que la historia te hacía reír por sus frases tan realistas como irónicas y simples, pero siempre estuve seguro de que te hacía reír más el haberte identificado con lo que me hubo ocurrido y que a ti jamás te sucedió. Sólo hasta que conociste a J... dejaste de ser virgen por la boca. Te volviste alguien deslenguado, y si yo fui quien te enseñó a perderle el miedo a los tabúes, seguramente tú fuiste en aquella época mi maestro. Sé, o más bien así lo intuyo, que dejaste de ser virgen de las gónadas también por obra y gracia de J..., a quien será la última vez que tomaré como ejemplo de diabólica siendo seductora porque ahora es tu prometida. Antes yo también me asumía como el Diablo. Luego, tú dijiste que eras Satanás y que juntos hacíamos arder el Infierno. Captaste la esencia del juego de la tentación y te gustaba que yo le dijera al oído a las personas los secretos que más los conmovían. «¡Hey!, tú», muy quedo, «¿Ya la viste? El amor de tu vida, podría ser ella, tan sensual y excitante». O bien, algo más simple, más inocente, pero igualmente tentador:

–Ahí viene.
–¿Seguro?
–Sí.

Y que todo el salón saltara los bancos, diera mil vueltas inciertas, se agitaran como abejas en un panal, que los amigos que no pertenecían a ese grupo salieran corriendo y que, finalmente, la seriedad y la convincente decepción con que fue dicho el «Ahí viene» terminaran por no cumplirse al cabo de dos horas de una clase frustrada porque el profesor faltó dado tal o cual motivo, una excusa siempre dispensable con tal de que no fuese a reprobarnos. Eso jamás nos hubiera ocurrido con Pantoja, recuérdalo, cómo decía «Yo siempre llego al salón mucho antes, porque yo soy el profesor y debo ser más responsable que ustedes», y era cierto. Él nunca faltó a clase alguna. Que el vivía muy lejos, en el pueblo de M... y que llegaba a la escuela a las cinco y media de la mañana porque desde las cuatro se encontraba bañado y listo para trabajar. Que él pretendía ser el mejor profesor del país. Eso, dada la evidencia que tengo al momento, también fue cierto. ¿Sigue vivo Pantoja? Quisiera que alguien contestara esa pregunta. Si tienes algún conocido de entre los nuestros que lo sepa, que te lo comuniquen y tú me notificas la respuesta. Yo no lo sé desde que me hallo veinte kilómetros a la deriva del mar en la plataforma petrolera y que sólo salgo de aquí para las vacaciones que tomo por fuerza en la costa porque en cualquier momento, si es preciso, puedo ser requerido.

Me estoy tomando este tiempo para escribirte la carta, para recordar lo que siempre quise recordar, pero que por alguna u otra causa no lograba sacar a la luz de nuestras conversaciones. Aún recuerdo los consejos que Pantoja nos decía para tener una memoria sobresaliente. Que debíamos practicar siempre, intentar recordarlo todo, que saliendo del cine uno reflexionara sobre cuáles eran los nombres de los personajes, de los actores en la vida real, de la trama completa; que al leer un libro pudiéramos hacer un resumen mental de todo lo que el escritor quiso dar a entender. Que leyéramos. Después de eso llegaste con tu aparatejo del año diciéndome que habías conseguido un juego muy útil para ejercitar la memoria. Lo consideré absurdo y no me retracto de ello. Siempre he tenido una memoria privilegiada: suelo recordar lo que quiero recordar. Es de herencia, lo que no admite mi madre, no por parte suya sino por parte de mi padre. Porque sería demasiada poca casualidad que entre ellos sepan cosas que de la nada aprenden, así como suele ocurrirme y que, en contraste, todos lo de la familia de mi madre suelan ser de una memoria ordinaria porque no suelen denotar las lecturas que han hecho recientemente ni las noticias más extrañas que uno se pueda encontrar. Esto no quiere decir que la capacidad de raciocinio, la cual es un talento más valioso, se la deba a la herencia –nadie en ninguna parte de mi familia entiende nada de lógica–. Tú mismo antes lo expresabas: Que el viejo Pantoja citó a Einstein el día en que falté a clases, «Cualquier imbécil puede saber; el asunto el entender».

Te pediría perdón por la forma en que me expreso hacia ti, a veces tan simpático, otras veces empático, y la mayor parte del tiempo tan crítico que llego a ser hiriente. Lo haría, pero eso implica renegar sobre lo que soy, y, después de todo, no soy el Pedro que va a clavar a mi propio mesías en la cruz negándome tres veces. Ahora bien, no todo en nuestras conversaciones solía ser desagradable. Recuerdo tus dibujos. No eran las tan comunes animaciones japonesas de quien sabía qué caricaturas de ojos enormes y exorbitantemente grandes tetas, sino dibujos reales, que no eran copia de ningunos otros, pero que seguían un estilo especialmente ensayado. Aún conservo el pescado que diseñaste en tu cuaderno de notas. No querías entregarme la hoja porque tenía un apunte importante, intenté convencerte con el argumento «Cualquier cuaderno imbécil puede saber; el asunto es entender» y como no me satisficiste con el deseo de un bosquejo que, según tú, ideaste sólo por distraerte del inepto profesor de Historia, robé la hoja sin que te dieras cuenta en el momento, y sin que te importara mucho porque el apunte no decía más que tres palabras, otras letras más y un corazón encerrándolo todo: «Te amo ---, atte. J...» Tal vez me odiarás de ahora en adelante, o me pedirás que te envíe esa hoja del corazón para poder presumirla en el día de tu boda como un detalle más al estilo tuyo. Así que, en dado caso, yo llevaré la imagen a tu boda, yo la presumiré y exaltaré no sólo el amor con que tu prometida te veía desde entonces, sino que resaltaré la calidad artística que desde entonces mostrabas y que de no haber sido por mí jamás hubieras descubierto tu carrera como pintor.

Quizá estés confundido por el párrafo anterior: una vez abierto el sobre, observarás que el diseño te lo he enviado sin que tú me lo hayas pedido, pero de cualquier forma te he manifestado lo que al comienzo pensé que harías y que yo deseaba hacer. Armar ficciones, lo sabes bien, es mi talento. Por eso no estoy en la plataforma petrolera, sino encerrado en el cuarto donde alguna vez te invité a convivir. Aquí no destilamos alguna vez petróleo en las torres de interminables platos de fraccionamiento, sino alcohol. Terminaste, según tú, ebrio por segunda vez en tu vida, pero a mi parecer tú nunca habías tomado una sola gota de sidra. Era año nuevo. Estaba yo tan triste que te llamé por teléfono. Todavía vivíamos en la misma ciudad, acuérdate, todavía no te mudabas. Me invitaste a tu casa, pero te dije que no, que tenía miedo de salir a la calle. Que me visitaras tú a mí. Entonces me trataste de convencer de que ello era imposible porque era día de año nuevo y no podías abandonar a tu familia. Colgué el teléfono. Algo que ese día no te comenté pero que ahora aprovecho para hacerlo ver: estaba triste porque yo creía que mi madre no me amaba, ni mi hermana, ni nadie en esta vida. Después colgué el teléfono por haber pensado que ni siquiera mi mejor amigo era capaz de visitarme y que ningún amor como los tuyos, J... y Viridiana, me ayudarían: yo no tenía el amor de nadie. En otras palabras, me había descubierto solo.

No obstante, llegaste con dos botellas de ron y bebimos como nunca lo habías hecho tú, como tampoco nunca lo había hecho yo. Fue nuestra primera borrachera. Ahora que te vas a casar quisiera decirte que desde entonces eres como mi hermano, no sólo mi mejor amigo. Te agradezco que me hallas propuesto para ser tu padrino, pero no creo que alguien tan triste como yo, tan desolado y dependiente de personas que no son ni siquiera de mi familia tenga la capacidad moral de decirle a todos los que ahí estarán reunidos que estoy feliz por tu felicidad cuando ni siquiera puedo estar feliz por mi propia persona. Aún así iré, me disfrazaré de pingüino, pero no como las monjas sino como los hombres de frac, bailaré, me divertiré, sonreiré hasta el cansancio. Conversaré con alguna amiga que tú me presentarás. Al día siguiente habremos de acompañarte para tu luna de miel al aeropuerto de quien sabe qué ciudad, donde partirás todavía más lejos hacia otra ciudad europea y nunca habré de cesar en mi tristeza porque todo puede actuarse perfectamente, porque las sonrisas pueden formarse con seis años de ortodoncia medieval, porque los trajes se compran en las tiendas departamentales que tanto aborrezco, y porque cualquier poema que le dedique a la pareja tendrá las rimas más hermosas, quizá, y J... dirá que es algo extraordinario conocer a personas como yo, pero mientras no logre estar en paz en mi sino, mientras me halle inscrito en el “for” de la indolencia, sólo podré presenciar cómo regresas de Berlín más alegre, sin poder calzar las botas suecas de tu baile alegre, tan sólido, porque soy incapaz de vestirme con otros trajes a los que no me acostumbraría jamás y con los cuáles no sabría qué hacer.

Si no fuera porque te vas a casar, no habría despertado con el ánimo de extrañarte, ya no joven como éramos entonces, sino hombre como se esperaría en estos tiempos. He tomado los diccionarios más gordos y las novelas de mi vida, porque te escribiría con especial entusiasmo, sin embargo terminé escribiendo de corrido, sólo interrumpido por los espasmos de una tos decembrina, como cada diciembre en la friolera citadina, y vuelvo a hacerme consciente de que no estás aquí, sino allá, no en el extranjero como Pantoja lo hubiera esperado: como cualquiera de nosotros lo hubiéramos previsto; y te encuentras feliz porque J... te ha correspondido, porque me he atrevido a mencionar a Viridiana a sabiendas de que no te afectaría, y nos has invitado a varios a tu boda (todos te queremos y amamos).

Sin pretender obnubilarte de alegre que estás con mi negrura maldita, sólo te pido que comprendas que yo me quedé siendo un inmaduro, creyéndome Satanás y por ello escribiendo y escuchando en todo lo perverso. Sólo sigue leyendo, sigue leyendo y toparás en algún instante con la pared del final, con el espíritu tranquilo de quien sólo sabe por ser imbécil y no entender a los demás. Tampoco ha sido mi intención llamarte imbécil, sino mi amigo, quien yo quisiera que no comprendiera ninguna de esta palabras llenas de melancolía.

Confirmo que iré a tu boda. Opté por escribirte en vista de que he cancelado la línea de teléfono desde hace un par de días. Quería que la última noticia recibida por teléfono fuese tan alegre como la consumación de tu noviazgo, el paso al compromiso. Entonces, te visitaré quizá un día antes, quizá unas horas antes, no lo sé, para fungir como padrino.

Sin más, por el momento, que el destino, me despido.

27 de Diciembre de 2013


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