Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

·

La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

·


lunes, 3 de junio de 2013

CORAZÓN DE MÁRMOL

Ayer vi el amanecer. Era hermoso. Salía del horizonte, con ocho minutos de adelanto, de Oriente a Occidente. Se veía tan luminoso como los egipcios lo vieron, al dios Ra. Pero no lo sentí igual, pues yo lo esperaba con ansia, mientras que ellos muy probablemente lo esperaban con devoción. Yo tenía frío, y viendo el amanecer sólo conservaba la esperanza de que el calor me invadiera. Un calor distinto al calor de las tardes, pues ese calor quema demasiado sobre la piel. Ahí es cuando no espero con ansia tal calor solar, sino que espero llegar a mi casa para beber una poca de agua. Aquel día vi el amanecer y el calor tardaba tanto en llegar que sentía congelarse mi trasero a pesar del pantalón de mezclilla protegiendo mi cuerpo desde el ombligo hasta los tobillos. En adelante, los calcetines y los zapatos hacían su parte. El pantalón de mezclilla era gris. Los calcetines azules y los zapatos eran zapatos tenis blancos. Observé que las agujetas de los zapatos estaban llenas de suciedad, toda ésta también gris, y con restos de tierra, restos de árboles y restos de mi propia suciedad en las manos cuando anudé lo que se debía anudar. No quería que salieran volando mis zapatos. No me gusta quedar en ridículo.

El Sol llegó, pero yo no era lagartija. Por consiguiente, mi trasero siguió enfriándose, calentando el asiento de mármol sin poderlo calentar del todo. Éste también tenía frío. No soporté más y me puse de pie. Caminé para mover la sangre de mis venas, para que entrase por ellas y generase fricción. Para que mi trasero no quedase tieso como el mármol que lo enfriaba. Fui a no sé dónde y no sé por qué. Entre tanta irracionalidad olvidé que debía seguir al Sol para calentarme, sobre todo el trasero. Pasé por la sombra, más hacia el Oriente y continué con el tiriteo que no se había detenido desde que busqué algún lugar donde sentarme. Vi el amanecer porque desperté muy temprano, tratando de eludir mis problemas, pues así los concebía, como problemas. Dicen que mi hermana grita demasiado. Yo jamás la he oído gritar. Dicen que ayer mi hermana le gritó demasiado a mi madre porque no le permitió no sé qué y no sé por qué. Tampoco me interesa y tampoco alcanzo a comprender toda esa incomodidad que se genera cuando está mi hermana gritando, y a quienes veo se quedan con los labios inmóviles, con sus rostros solicitando compasión y helados hasta los huesos. Nadie se mueve y la resequedad de sus bocas igual reina por todo el imperio de sus gargantas. Afortunadamente, como yo no comprendo toda esa incomodidad, no sufro con tanta frecuencia de esa resequedad ni de esa inmovilidad. No obstante, el miedo siempre ha existido porque no sé lo que puede ocurrir cuando mi hermana grita: en cierta ocasión arrojó una botella de vidrio contra mi madre, quien terminó con la frente abierta y el corazón de mármol, es decir, frío. Un corazón que enfría los del resto del mundo.

Ayer vi el amanecer porque mi hermana le gritó a mi madre, porque tuve miedo de lo que pudiese ocurrir después, y porque tenía el corazón frío. Esperando que el Sol me calentase, el mármol me enfrió el trasero al igual que el corazón de mi madre enfría los corazones del mundo. Nunca he sabido quién me dejó con esa familia. Mi madre dice que fue Dios con su infinita sabiduría. Mis amigos dicen que Dios no existe. Mi hermana sigue gritando y se olvida de que estamos todos allí. Ellos se quedan con los labios resecos, porque mi hermana al gritar es como el mármol que enfría, como el corazón de mi madre que amarga. Los gritos de mi hermana se roban el valor de la gente y su volumen se incrementa con gran tesón. Pero yo no percibo tanto ese rapto, porque no lo entiendo. Solamente observo que todos se quedan inmóviles como el mármol, y yo sólo tengo miedo. Angustia de que otra botella de vidrio caiga sobre la frente de alguien más y terminé descalabrándolo hasta dejarlo en la inconsciencia. Las botellas me han robado la tranquilidad tal y como el mármol se robaba el calor de mi trasero. Así terminé viendo el amanecer, intentando mover la sangre de mi espíritu y recobrar así la tranquilidad del mismo, tal y como busqué calentar mi trasero moviendo la sangre de mi cuerpo y generar el calor perdido.

La mezclilla de mi espíritu eran los muros de mi habitación. Por difícil que parezca creerlo, yo suelo dormir entre cinco paredes, un prisma pentagonal como ninguno. Las paredes son tan rígidas como la mezclilla, tan grises como la mezclilla de mi pantalón al ver el amanecer, y tan cálidas como la mezclilla que a pesar de sus virtudes no alcanzó a aislar mi trasero de la frialdad del mármol donde estuve sentado. Las paredes del prisma pentagonal no alcanzaban en ocasiones a proteger mi espíritu del enfriamiento paulatino, el mismo que se formaba cuando mi madre escuchaba los gritos de mi hermana, los que aún no alcanzo a comprender. Ver el amanecer me ha restado las esperanzas y he caminado para recuperarlas. Caminé no sé hacia dónde y no sé por qué, tan sólo para calentar mi trasero, el que por obra del mármol estuvo frío, tal y como mi espíritu, el que buscó salir temprano de la casa para ver al dios Ra. Pero no encontraba dónde sentarme, así que tomé de asiento el bloque de mármol que los constructores dejaron sobre el césped del parque incipiente. No había ni columpios ni resbaladillas, a lo más unos cuantos árboles y ese bloque que formaría parte del nuevo centro comercial. Antes los niños salían de la escuela y corrían para alcanzar el mejor puesto entre los columpios, el primer lugar en la fila de la resbaladilla, o para colgarse de los árboles frondosos durante la primavera y el verano. Cuando llegaba el otoño también subían a los árboles, pero los niños no podían esconderse los unos de los otros. El invierno congelaba todo como si fuera mármol y los niños preferían en ocasiones guardarse al interior de sus casas, donde otras madres les congelarían el espíritu, o donde ellas fuesen el amanecer para eludir la escasa diversión que en el exterior se podía encontrar. Durante la Navidad, Dios existía incluso para los no creyentes, porque el pueblo se reunía en el festival, las luces alumbraban las calles del centro y todos se abrazaban en busca del calor que se robaba el aire frío como el mármol que congelaba mi trasero el día de ayer, cuando abandoné el excepcional prisma pentagonal donde dos paredes miden lo mismo, otras dos miden casi lo mismo, y una se encuentra de manera diagonal y mide mucho menos que las otras cuatro.

El invierno pasado, despertaba a las ocho de la mañana para cambiar de investidura. Primero levantaba temeroso el suéter con el cual dormía. Después, levantaba todavía con temor la playera del pijama falso. Entonces veía que los vellos de mis brazos se erizaban y el temor se acentuaba porque sabía que retiraría la otra playera, blanca, de mi cuerpo para dar paso a la playera azul obscuro, el regalo de mi hermana hace dos años cuando cumplí otro año más. Era especialmente para protegerme del frío. Los vellos seguían estirados sobre mis dos brazos, y el temor no cesaba esperando que el mismo ritual ocurriera del ombligo a los tobillos. Cuando retiraba de mi cuerpo el pantalón del pijama falso, alcanzaba a observar que mi pene se encontraba erecto pese al aire de mármol que me perseguía. Jugaba con él un poco, pero sentía que miraban mi trasero y que lo enfriaban con cierta perversión desconocida hasta aquel instante del invierno hace un año. Pero nadie miraba mi trasero. De todas formas, cogí otro pantalón de mezclilla, azul claro, para cubrirme del temor y del frío. Coloqué el cinturón negro a través de los orificios previstos, y vacilé en agacharme para buscar los zapatos que calzaría; tras un segundo de reflexión inintencionada, sin pensarlo así lo hice. La hebilla se impregnó como un trozo de mármol en mi ombligo y sentí que el temor había pasado porque la piel calentaba rápidamente el metal. Los zapatos se escondían en la obscuridad y me obligaron a arrastrarme como por nadie me he arrastrado en la vida, hasta que mis largos brazos hicieron las veces de pinzas y tomaron por cualquier costado a cada ejemplar del par. Mis rodillas se estaban convirtiendo en mármol y temí por ellas. Imaginé que cuando fuese viejo no me responderían, tratando de quejarse por el hechizo de metamorfosis al mármol que no me atreví a evitar cincuenta años atrás. Calcé los zapatos, busqué un suéter completamente negro y salí de la mezclilla espiritual de mi habitación, la que nunca fue suficiente para olvidar los gritos que dicen emite mi hermana, y la amargura de mi madre. Hace un año también busqué ver el amanecer, también me senté sobre un bloque de mármol, el mismo que tomé por asiento el día de ayer, e intenté eludir el enfriamiento de mi trasero de la misma forma. Retiraron los columpios, las resbaladillas y los bancos, tan sólo para que la gente se fuera acostumbrando al paisaje desolado. Lo cierto es que el mismo empataba con la búsqueda que hacía para eludir los problemas, porque lo eran, donde no sabía qué haría y por cuánto tiempo. Simplemente no podía entender cuánto más soportaría los gritos de mi hermana, los que me resultaban incomprensibles, así como el corazón de mármol de mi madre.

Hoy he vuelto a buscar el mismo bloque de mármol y allí ha seguido desde hace un año y un día exactamente. Nuevamente me ha enfriado el trasero porque nuevamente mi hermana se ha atrevido a agitar una botella en su mano, aunque no la ha arrojado como en aquella ocasión en que le partió la piel de la frente a mi madre. Intentando retomar la cordura espiritual, también he caminado sin saber hacia dónde ni por qué. Y al final, cuando el reloj, aquel artefacto de correas plásticas ajustadas a mi muñeca y carátula con manecillas, indica las siete de la mañana, regreso con la insatisfacción de no lograr calentarme en ningún sentido. Entro a mi habitación en silencio. Todos siguen dormidos aún. Me oculto debajo de las cobijas. Eran las dos de la mañana, según el reloj, cuando terminó la discusión. La familia continúa exhausta. Así me mantengo, con el pijama falso puesto desde la búsqueda del cálido amanecer. Dormito durante una hora. Al despertar noto que mi cuerpo se ha calentado milagrosamente. Y como cada día surge el miedo que no logro evitar, miedo al aire de mármol que me estira los vellos, que me enfría el trasero, que me debería encoger el pene, que me impide buscar los zapatos tenis que utilizaré, y que me hace pensar en cuando sea anciano. Hoy es día de festival, pero a diferencia del año pasado decido no ir. No pretendo vivir la hipocresía de andar con la familia que no existe, donde mi madre amarga a todos con su corazón de mármol, ése que me genera temor, tan parecido al temor matutino al retirarme las prendas del pijama falso. Tampoco pretendo observar una vez más que mi hermana infunde temor a todos los integrantes de la familia. Prefiero que ellos se queden con sus gargantas resecas, en toda su imperialidad impotente. Prefiero que el mármol de sus corazones no me invada desde la mezclilla del prisma pentagonal donde me protejo, donde surge la ansiedad y donde ningún calor generado ha de resultar suficiente.

En verano, el temor desaparece. En verano conservo la costumbre de huir a las cinco de la mañana en busca del mismo bloque de mármol donde observo la llegada cada vez más adelantada del Sol. Pero nunca me ha ganado. Siempre he alcanzado a mirar su salida desde el Oriente y hacia el Occidente. Tampoco me gana la voluntad y siempre abandono el mármol para que mi trasero no siga congelándose por el frío de la noche. No obstante, a las ocho de la mañana no tengo miedo por retirarme las prendas del pijama falso. Tampoco hay festival y, por lo tanto, no tengo que decidir entre ir o no ir, cuando la única respuesta que estoy dispuesto a dar es que no. Los niños se han divertido en estos últimos días sin parque yendo unos a las casas de los otros. Ahora repudian la ausencia de los columpios y las resbaladillas, pero al crecer todos irán al centro comercial para comprar la felicidad inimaginable, para encontrarse con gente conocida o desconocida, y para ni siquiera toparse con el recuerdo de la existencia de una infancia adorable. Y los hermanos menores de esos adolescentes que hoy son niños, también se visitarán los unos a las casas de los otros. Las madres no se darán abasto y los llevarán a la feria de la ciudad, a unos varios kilómetros de aquí. De alguna forma son como yo, que intento eludir lo que a la vista de algunos no es un problema, pero que realmente significa algo. Así lo piensan, que no hay problemas, porque no puedo decirles la verdad. Los niños me importan porque tengo un hermano que es nueve años menor que yo, que no sabe nada de los problemas, pero que ha ido aprendiendo lo que es la tristeza: le han robado el amanecer de un parque donde se reunía con sus amigos a hacer fila para la resbaladilla. Como mi madre no es atenta, mi hermano prefiere no invitar a nadie a la casa. Como mi hermana es conflictiva, ni siquiera se le ocurre a mi hermano el pedir permiso para visitar a algún amigo. Yo tampoco tengo tales libertades, pero me escabullo con más astucia que el «enano». Me he visto tentado a invitarlo a ver la salida del dios Ra, pero no creo que él quiera vencer sus miedos. Tampoco creo que le agrade la idea de enfriarse el trasero, luego calentarlo, y durante el invierno impregnarse los estirados vellos de los brazos con temor al aire de mármol a las ocho de la mañana.

Él me cuenta sus temores a su manera. Me dice que no le gusta ver a nuestra hermana gritando como loca. Pero ella no está loca, sino enferma. Yo quisiera abandonar definitivamente la mezclilla del prisma pentagonal, con tal de perseguir al dios Ra y que me de calor durante una mañana eterna. Decía el cuento que el hombre más sabio del mundo respondió que la vuelta al mundo se llevaría a cabo en un día de perseguir al Sol siempre en la misma posición. Entonces preferiría darle la vuelta al mundo toda la vida, con tal de olvidar que mi hermana grita, que no la comprendo, que los labios y la garganta no se me resecan; que mi madre algún día amargará por completo el trasero de mi espíritu. Pero no puedo abandonar al «enano», ni tampoco puedo abandonar a mi hermana, pues está enferma. Por consiguiente, tampoco puedo abandonar a mi madre, porque también está enferma, contagiada por mi hermana. El encantamiento de la botella ha sido el más fatídico de todos. Nos ha relegado a un estado de latencia perpetua, donde todos hacemos lo mismo cada día, sin cesar y sin excepción. Mi hermana gritando, mi madre amargando con su corazón de mármol, mi hermano siendo infeliz, y yo enfriando mi trasero, rebuscando el calor de mi sangre, ensuciando mi pijama falso, pijama de mezclilla con la ropa del día anterior, y después, durante los inviernos, temiendo aún por el frío de la hebilla metálica y el aire que no logra encoger mi pudor. Sólo espero que los constructores no tarden en llegar. Eso hará que abandone el vicio interminable de sentarme sobre el bloque de mármol y arruine mi cadera para cuando llegue a ser anciano. Cuando ella me reclame con gritos de dolor la falta de consideración que tuve con ella. Me quejaré de las reumas y recordaré todo el mármol familiar contra el cual fui azotado. Si retiran el bloque de mármol, o si lo ocultan, para comenzar la construcción del centro comercial, me decidiré de una vez por todas a perseguir al dios Ra durante todos los días del resto de mi vida. Entonces sí invitaré a mi hermano, porque el viaje será igual de ligero para ambos. Un día es un día y nada más. Si hemos soportado los días más aciagos, podríamos soportar la constante calidez.

Mañana, si no llegan los constructores mientras mi hermana se encuentre gritando, volveré a acudir al mismo bloque de mármol, gris, como el pantalón que en ocasiones tomo a las ocho de la mañana. Nuevamente haré caso omiso a la invitación que tengo planteada para mi hermano, de abandonar un poco la casa y observar el amanecer, que a diario es hermoso. Sin embargo, hay algo que no cambiará jamás. Porque seguiré sin entender el miedo que produce la resequedad en mi familia, la mujer del corazón amargo, el sabor del mármol, la temperatura del mármol, y mi hermano abandonado por los miembros al interior de su casa. No lo comprenderé por más que siga al Sol. Soy sordomudo de nacimiento y sólo pueden decirme que mi hermana grita todos los días a la misma hora porque sigue drogándose. Justo derribaron los árboles y los juegos para llevarse toda la inocencia del pueblo. Hoy es día de invierno y sigo recordando cómo salieron las ratas para primero regalar esa piedra apestosa a los jóvenes del barrio, y después venderla. Mi hermana no tenía más dinero que sus ahorros. Y no pude escuchar que le gritaba a mi madre para conseguir el dinero. Tuve que leerlo de los dedos lastimeros de mi hermano, temblando de miedo, con la boca reseca y esperando a que algo (o nada) ocurriera. Entonces, obnubilada por la enfermedad, mi hermana arrojó la botella de vidrio a la cabeza de mi madre. Tocó su frente y la agrietó. Corrió un leve chorro de sangre, mas el impacto hizo que ella dudara en levantarse o seguir recostada sobre el suelo. No obteniendo respuesta de nadie, porque mi madre estaba casi inconsciente, porque mi hermano tenía la garganta paralizada y reseca, y porque yo simplemente estaba mudo de nacimiento, mi hermana salió apurada de la casa. Entonces reaccioné, pues mi sordera no me ha impedido correr. Alcancé a observar hacia dónde se dirigía. Tomó el camino que a diario tomo para observar el hermoso amanecer a veces adelantado y otras veces retrasado. Un hombre se cubría con el capuchón de la sudadera. Se protegía no del frío, sino para conservar su anonimato. Mi hermana le dio una cantidad de dinero y recibió a cambio una piedra de aspecto semejante al mármol. La detuve una vez que el tipo anónimo se fue corriendo tras los árboles que antes existían. Ella me reconoció e intentó inútilmente levantar el bloque de mármol donde a diario me siento. Entonces la tomé de los brazos, por la espalda, y me dijo algo, porque lo sentí vibrar en mi pecho, pero no lo comprendí.

Cada vez quedan menos árboles y cada vez sigo persiguiendo a mi hermana cuando sale después de gritarle a mi madre, que le da cierta cantidad de dinero. No importa si es primavera, o si es invierno, o si se trata de la quinta estación del año, así como puede ser increíble la quinta pared de mi habitación, yo la persigo y la vigilo. Me dice algo que no comprendo, pero lo siento. No la oigo y gracias a mi sordera tampoco tengo miedo. Pero no logro evitar que la droga la vuelva más violenta, más fuerte, y menos mi hermana. El mármol que introduce por su boca le llega al corazón, lo enfría y lo amarga. Me sorprende que no se atragante. Entonces mi impotencia vuelve a yacer a las cinco de la mañana sobre el bloque donde se lleva a cabo la transacción. La misma enfermedad que invade el interior de mi hermana menor, también es la misma que se presenta en mi trasero al congelarse todo éste. No alcanzo a entender cómo no logro detenerla. Entonces vuelvo a eludir mis problemas, vaya que sí lo son. Espero que el Sol vuelva a salir. Espero la calidez que he olvidado, que quisiera perseguir todos y cada uno de los días de mi vida, junto como mi hermano. Veo el amanecer y sigue siendo hermoso, pero no me han quedado esperanzas porque mi hermana se drogará todos los días hasta que el centro comercial sea levantado y ella se encuentre muerta. No alcanzo a comprender el miedo, pero siento temor al desnudarme. Ni siquiera el jugueteo con mi pudor impulsa una sonrisa fuera de mí. El cansancio y la sordera me abaten. Pero tengo que repetir la misma rutina todos los días, como todos en este pueblo. Como los niños que se visitan los unos a los otros, tal y como mi hermano no puede hacerlo. Como las madres que son felices, tal y como no lo es desde hace mucho tiempo mi madre. La vergüenza no me permite salir al festival: nunca me ha gustado hacer el ridículo. Porque sé no llegarán todos juntos, sólo mi hermano y mi madre. La derrota, por el día de hoy, será que no logré perseguir a mi hermana, que de todas formas seguirá en el mismo bloque de mármol, donde quizá tomará asiento, donde se le enfriará el trasero y todo lo que se llame corazón.

3 de Junio de 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario