Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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martes, 11 de junio de 2013

CASI TODO ES ESPACIO VACÍO

 
Los hechos aquí narrados son ucrónicos.

Refunfuña. Llega su alumno y lo descubre refunfuñando. Histérico. Le pregunta «¿Se encuentra bien?», para no errar y preguntar «¿Por qué tan de malas?». Sigue refunfuñando. Toma el bulbo, una suerte de cinescopio de televisión, una promesa para el futuro. El joven visitante toma la carta que halla sobre el escritorio del laboratorio. Lee: «Por medio de la presente, es un honor para la Academia Sueca anunciarle que en esta octava entrega del premio Nobel de Química usted ha sido seleccionado para recibir dicha condecoración.» Entonces comprende la situación, aunque en términos medios, pues siempre toda teoría implica horadaciones en la comprensión. Le dice con cierta aprensión al profesor «Me alegro. Felicidades.» El profesor gira su rostro hacia el muchacho, y éste cambia la expresión jovial que sostiene por una más temerosa de la reacción impredecible de su mentor. Sin más, el profesor retoma su sitio en el costado izquierdo de la mesa de trabajo. Revisando unos documentos, papeles inscritos algunos con ecuaciones, otros con simples letras y firmas, estalla a llorar. Se pregunta, sin hacer caso del alumno «¿Por qué?». Vuelve a preguntarse tres, cuatro, cinco veces, con más fuerza e ímpetu furioso «¿Por qué?». El joven visitante no sabe cómo reaccionar. Intenta sonreír, pero el temor a una reacción más explosiva inhibe tal intención. Desea alejarse, pero el temor a una reacción en forma de replesalia inhibe también esta intención. Ahora piensa el joven «¡A buena hora vine!», y cambia sus ojos a una mirada torva, entre el fastidio y la preocupación. Espera a que termine de llorar su profesor, pero no de sollozar.

Toma la iniciativa y se acerca. Coloca su mano en el hombro derecho del profesor y le dice unas palabras para intentar reconfortarlo «¿Sabe?, siempre creí que usted era alguien brillante. ¡Por eso lo busqué desde un principio!». Sin embargo, el profesor no escucha realmente lo antes dicho. Sigue para sus adentros en la euforia de la carta sorpresiva. «¡Ah!, esos me las van a pagar. ¡Sí!, me nominaron para el de Química, ¡nunca se les ocurrió nominarme para el de Física! ¡Desgraciados!». El joven no sabe qué hacer. Desesperado, abraza al profesor y le dice «Ya profesor, ya, de todas formas se lo ganó». El profesor retira agresivamente y de inmediato los brazos de su alumno. Entonces rompe la introversión que lo bloqueaba desde que abrió la carta y señala «Estás muy joven para entenderlo. ¡Es que ellos me odian!». El pupilo interviene, aprovechando que su profesor está dispuesto a dialogar: «Si lo odiasen, ni siquiera lo hubiesen nominado». Pero el hombre sigue indignado, lleno en su cólera, todo a sabiendas de que necesita verdaderamente el dinero para continuar sus investigaciones. Sigue como un mar de lamentaciones, un mar seco, pues ha dejado de llorar por completo. Lamenta su libro, la tesis, lamenta todos los artículos publicados. Lamenta las conferencias y lamenta su necesidad monetaria constante. Nunca en todo ese tiempo suelta el bulbo. Casi lo rompe, y deseo no le sobra, pero no es idiota: esas cosas cuestan una fortuna. Con más cordura y compostura, le tiende el objeto a su alumno para que lo deje en su sitio. El visitante abre la gabeta con el panel de cristal, y coloca el bulbo a lado de otros dos bulbos que no están en servicio, pero que serán muy útiles para experimentos posteriores. Voltea para ver al profesor, pero él ha salido del habitáculo. Sin más, el joven piensa en abandonar el ámbito, pero justo antes de atravesar la puerta llega de vuelta el profesor. Éste le pregunta a su alumno «¿A dónde vas?». Le responde éste «Creí que se había ido». El profesor se deshace del saco que lo encubre con toda su gallardía, una constante en los hombres a comienzos del siglo XX.

– ¿Cuántas veces has visto el rebote?
– Ninguna.
– Trae de vuelta el bulbo.
– ¿Lo va a instalar?
– ¡Claro, tenemos que celebrar!

Hace tal cual le pide su profesor. El hombre mueve las manos con experiencia, ajusta la delgadísima placa de oro; otra fortuna. Conecta el condensador y éste se calienta rápidamente. Lo apaga. Le dice a su alumno «A veces se sobrecalienta, pero normalmente sólo se siente un viento tibio». Le pide que le facilite los conectores. Son gruesos, cubiertos por un cuero que les da aún más grosor. El bulbo es adaptado con sus conectores a la pantalla. El profesor ajusta el empaque: nada debe ni entrar ni salir. La pantalla es redonda y tiene una placa obscura. Donde el bulbo es adaptado, se encuentra un condensador de forma cuadrada: un prisma cuadrangular. El inductor conectado mantiene la electricidad en su forma óptima. El inductor sigue caliente por el encedido de prueba. Le dice el profesor a su alumno «No lo toques, que quema». El alumno se limita a seguir con la mirada los pasos del profesor. Así, el profesor termina de instalar el aparato. Parece dominarlo todo, como si aquello fuese una rutina constante. Vuelve a activar el inductor. También enciende la bomba de vacío conectada al ambiente interior del bulbo y la pantalla. Luego de succionar el aire de ese ambiente, conecta el bulbo a la fuente de electricidad. Se calienta demasiado y el laboratorio adquiere un aire sofocante. Del bulbo brota un rayo colorido y fino. Un rayo verduzco que sólo puede verse al final, sobre la pantalla, un rayo con forma de punto. Parece no moverse, pero tras unos segundos el punto luminoso se dirige hacia arriba, unos pocos milímetros desviado, y nuevamente regresa a la posición original. Pasan otros segundos y nuevamente el rayo se desvía de su sitio, pero esta vez hacia abajo. Continúa por un minuto más y el rayo cambia de posición levemente, luego de forma acentuada, luego levemente. La desviación y la recuperación de la posición del rayo es brusca, casi inmediata, y en todas direcciones. El profesor apaga el condensador y el rayo que en todos los casos siempre se situa normalmente por arriba del centro toma entonces preferencia por el centro de la pantalla. Las desviaciones siguen presentándose. En ocasiones arriba, en ocasiones abajo, y en ocasiones a los lados y por doquier.

El alumno cree haber visto el tal “rebote”. Toma su abrigo precipitadamente y el profesor le dice «Todavía no terminamos». El joven, que ya estaba de pie, vuelve a tomar asiento. Le pide el hombre a su alumno que retire el bulbo así como lo vio ser colocado, o sea con cuidado. Así lo hace, aunque sin el dominio de la experiencia. El profesor muestra un bloque de plomo y cubre con éste el área antes ocupada por el bulbo. Luego le encarga a su alumno adherir una placa fotográfica al interior de la pantalla. El joven toma la placa que encuentra sobre la mesa de trabajo y la ajusta al interior de la pantalla, que estaba abierta y sin ajustarse al empaque. Cierra las pinzas que sostienen la placa y cierra la pantalla. El profesor se acerca al bloque de plomo y agrega en su interior, según dice, polonio. «El polonio “quema”», le aclara a su alumno que ni siquiera alcanza a ver los gránulos agregados. El profesor cierra el frasco donde se encontraba el polonio. El frasco también es de plomo. Ajusta entonces el bloque al resto del aparato, pegado como antes el bulbo a la pantalla. El profesor activa la bomba de vacío cuando todo se encuentra cerrado y sellado. La apaga y abre la única compuerta del bloque de plomo. Se alcanza a ver un orificio que apunta hacia la pantalla. Comienza a verse un punto al centro de la placa fotográfica, muy semejante al rayo verduzco. Luego, pasado cierto tiempo, aparecen puntos desviados arriba y debajo del centro. Los puntos no se mueven, sino que allí permanecen pues la placa fotográfica ha sido revelada. También aparecen puntos a los costados, pero siempre muy cerca del centro. El profesor le pregunta a su alumno si aún tiene tiempo. Él responde que no mucho. No desea estar sin hacer nada. No desea acompañarlo.

Tras la respuesta, el profesor saca de un cajón el ejemplar antiguo de una placa ya trabajada. Allí hay puntos en la parte más extrema de la placa, casi fuera de ella. Le muestra a su alumno ese trabajo. Luego le muestra una placa con tres puntos ligeramente fuera del centro. Le pregunta a su alumno dónde cree que fue colocada dicha placa. Le responde que en la pantalla. El profesor sonríe, como si no hubiese llorado a la media hora previa. El joven visitante no sabe qué hacer y decide retirarse, dejando así de apreciar la placa fotográfica y todo el complejo armado. El profesor le dice sin premura, parsimoniosamente, «La placa fue colocada allí», y señala con su dedo blanco y largo la caja de plomo.

– ¿La colocaron en la caja?
– Sí.
– Pero, ¿por qué se ven tres puntos?
– Fue mal colocada, más bien, la colocaron mientras jugaban mis colaboradores inexpertos. El punto del “centro” es este. – El hombre señaló alguno de los tres.
– Y los otros, ¿de dónde salieron?
– Adivina.
– No sé.
– Di lo que sea.
– ¿De la placa?
– Sí.
– Pero...
– Eso mismo pensé. Observando esta placa – el profesor regresa a la primera –, el punto casi sale de ella. ¿Por qué no creer que los puntos pudieran estar del lado contrario de la pantalla?

El muchacho se olvida de sus objetos personales. Quiere llegar al final de todo ese embrollo. Le pregunta al profesor de qué se trata todo eso. El profesor entonces enciende el condensador y el punto casi fijo en el centro se desplaza repentinamente hacia la parte inferior de éste. Se acentúa y luego nada. Pasa un rato y nuevos puntos aparecen no muy lejos del nuevo centro. El profesor apaga el condensador y cierra la caja de plomo. Abre el orificio donde se conecta la bomba de vacío, pero no la conecta, y el aire ingresa con prisa al interior del espacio entre el bulbo y la pantalla.

– Ya viste que el polonio emite rayos. – Comienza a exponer el profesor. – Son positivos, pues se fueron con el mismo condensador al lado contrario que al activar el bulbo con la luz verde. Esa luz es negativa porque el campo eléctrico al interior del condensador va hacia abajo y el rayo se dirigía hacia arriba. Lo viste.
– Sí, lo vi.
– Bueno, si los rayos tienen carga eléctrica, y está todo al vacío, ¿por qué se desvían? ¿Qué los desvía?
– No sé.
– Adivina.
– ¿Qué? ¿La placa de oro?
– ¡Vaya!, adivinas muy bien. – Dicho esto, el joven visitante se sonríe; el profesor prosigue. – El rayo atraviesa la placa. Casi ninguno de los rayos se mueve. Casi siempre se mantienen al centro. Pero a veces los rayos aparecen fuera del centro porque hay algo en la placa que los desvía. No debe ser abundante, porque los rayos suelen estar al centro, pero hay algo, eso es seguro. Algo de carga eléctrica positiva o negativa. Ambas.
– ¿La placa está cargada positiva o negativa?
– Ambas. La placa de oro está compuesta por ambas cargas.
– Pero no debe ser muy abundante, dice usted.
– El resto debe ser espacio vacío solamente. No te mostré una imagen de rayos verdes justo a lado contrario de la pantalla. ¿Por qué crees?
– No sé, ¿porque no quiso?
– Ja, ja, ja, no. Fue porque allí no se ve nada. El rayo nunca sale de la pantalla. Se aleja a veces del centro, pero de la pantalla no sale.
– Y entonces, ¿por qué el rayo de polonio sí sale de la pantalla e incluso, como dice usted, llega al lado contrario?
– Porque hay algo que es grande y positivo en la placa de oro. No fueron muchos los puntos de rayos positivos en la placa al lado contrario de la pantalla, pero los hubo.
– ¿Algo más grande que lo negativo de la placa?
– Sí, algo más grande. Más voluminoso que lo negativo, pero con la misma carga, pues la placa en total es neutra; no está cargada eléctricamente. Jamás la conecto a una fuente de electricidad.
– ¿Y qué saca de todo esto?
– Mi profesor Thomson supuso que todo estaba compuesto de partes pequeñas con carga positiva y negativa. A las partes las llamó átomos, y a las cargas negativas electrones. En eso estamos de acuerdo ambos. Pero él decía que los átomos tenían las cargas pegadas unas con otras, positivas con negativas. El experimento muestra que casi todo es espacio vacío, así que en realidad las cargas no están pegadas, sino muy separadas.
– Además de que las cargas positivas deben ser mucho más voluminosas que las cargas negativas.
– Así es. Con los rayos verdes y los rayos positivos calculé que la masa de los rayos positivos es siete mil veces mayor que la masa de los rayos negativos.
– ¡Siete mil! Eso es bastante.
– Sí. Entonces casi toda la masa de la placa proviene de las cargas positivas en los átomos que sugería mi profesor. Aún así, casi todo es espacio vacío, te repito, porque las desviaciones no son demasiadas, apenas ocasionales. Los rayos pasan entre las cargas de los átomos que conforman la placa.
– Que casi toda la placa es espacio vacío, pero yo alcanzo a ver la placa perfectamente.
– La ves porque la luz se refleja sobre ella, y la luz es orientada de igual forma que los rayos son orientados por la placa. Que lo veas no implica que todo esté lleno, sino que hay mucha luz desviada.
– Déjeme entender. Que todo está hecho de átomos con cargas positivas y negativas.
– Así es.
– Que las cargas positivas tienen casi toda la masa de esos átomos y por eso tienen casi toda la masa de las cosas, como la placa.
– Así es.
– Pero casi todo es espacio vacío.
– Exacto. Has entendido perfectamente.
– En parte he entendido, en parte no. Digamos estoy asimilando el descubrimiento.
– Aún hay más.
– ¿Más?
– Sí. Porque las cargas están separadas, pero ligadas. Siguen formando de alguna manera a los átomos.
– ¿Y cómo están ligadas?
– Por las fuerzas eléctricas, siguiendo la ley de Coulomb.
– Pero, ¿no se atraerían las cargas negativas y las positivas? Eso no podría ser, porque usted observa que casi todo es espacio vacío.
– Las cargas deben estar girando unas alrededor de las otras, como los planetas alrededor del Sol.
– ¡Cierto! Las negativas alrededor de las positivas y las positivas alrededor de las negativas.
– No.
– ¿No?
– No. Las negativas alrededor de las positivas solamente.
– ¿La masa de las positivas influye, por gravedad, en las negativas?
– No es por eso. Las masas de ambos tipos de cargas son muy pequeñas. La gravedad casi no influye. Es más bien porque las negativas salen con mayor facilidad de los átomos. Cuando enciendo el bulbo sólo salen cargas negativas, porque deben estar en la parte exterior de los átomos. Si estuvieran al interior, lo primero que saldría volando serían cargas positivas. Por ejemplo, si tú golpeas el piso arenoso, ¿qué sale volando primero, lo de hasta arriba o lo de hasta abajo?
– Lo de hasta arriba.
– Pues es lo mismo. El bulbo se calienta y es como si el aparato golpeara a los átomos con ese calor. El bulbo es un foco muy potente; el alambre que tiene adentro se calienta. Si se golpean sus átomos y lo que salen son cargas negativas, quiere decir que éstas se encuentran por fuera de los átomos, mientras que las cargas positivas están al interior.
– Entiendo.
– Por eso le llamé a la parte positiva el núcleo de los átomos.
– El núcleo atómico. Y, ¿por qué lloraba, si le dieron un premio? – La inquietud inicial no había abandonado al joven visitante en ningún instante.
– ¡Porque es de Química, y he pasado toda mi vida trabajando arduamente para la Física! Los profesores de la Universidad me odian. Si me hubiesen nominado correctamente lo hubiesen hecho para el premio de Física, no para el de Química. Como saben que necesito el dinero aunado al premio, me llena de rabia e indignación lo que hicieron... ¡Ah!
– ¡Tranquilícese!, no es para tanto.

El muchacho toma la carta y vuelve a leerla, y continúa en todos sus términos. Allí dice «por sus investigaciones en la desintegración de los elementos y en la química de las sustancias radiactivas». Reflexiona unos instantes entorno al significado de la parrafada. Entonces recuerda al polonio. Le pregunta:

– ¿Por qué utilizó el polonio?
– Adivina.
– Bien. De él salen cargas positivas y éstas se encuentran al interior de los átomos. ¿Cierto?
– Cierto.
– Entonces... El núcleo, ¿se divide en partes?
– ¡Eso! Unas salen volando y las vemos en la placa. Las otras se quedan en los átomos.
– Entiendo. – Dando muestra de audacia, el muchacho arriesga – Entonces el polonio “quema” porque es radiactivo.
– Leíste bien la carta, la leíste bien.
– Entonces, ¡todo el llanto no es para tanto!
– ¡Cómo!
– Descubrir de qué están hechas las cosas me suena más a Química que a Física. Es más, usted descubrió algo químico empleando métodos físicos. Eso es muy notable.
– No me suena, no, no y no.
– Está bien, está bien. ¿Cuándo le dan el premio?
– El diez de diciembre. Tengo que ir a Suecia.
– Eso leí. Es demasiado lejos.
– Vamos, te invito un café. Quiero olvidarme de este oprobio en contra de mi persona.

Profesor y alumno salen del laboratorio. El profesor gira el cerrojo y guarda la llave en su bolsillo del saco, del lado izquierdo y muy cerca de la leontina heredada, la leontina de familia. O quizá muy lejos de ésta, pues casi todo es espacio vacío.

12 de Junio de 2013 

Esta entrada participa en el XXVI Carnaval de la Química que organiza Luis Moreno Martínez (@luisccqq) en su blog El cuaderno de Calpurnia Tate.

[Esta entrada participa en la VII Edición del Carnaval de Humanidades alojado por @jlmgarvayo en el blog Afán por saber.]

 

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