Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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domingo, 31 de marzo de 2013

LA CONCIENCIA ESCLAVIZANTE

Para Ángeles.

Una gran impresión reposó sobre las manos de piedra. El papel, largo, eterno cual oficio estaba listo para ser firmado. Manos de piedra, uñas viciadas con el afán de la guitarra. Seguía la pluma los dedos arriba y abajo, a un lado, vueltas y piruetas, hasta terminar con un trazo tajante por debajo de toda la algarabía anterior a éste. Dedos gruesos, llenos de piedra, sangre de piedra: el hombre susceptible a un ataque cardiaco. Hipertenso y recalcitrante. Necio, macizo, se insiste, como una roca. La mujer frente a él simplemente atendía y esperaba. La impresión larga, el oficio con aquella línea remarcada al final no se firmaría solo. Para mala fortuna de la mujer, ella tenía que escuchar aburridas diatribas sobre esto y aquello, que si fumar o no fumar, o si cantar o no cantar. El tipo se decidió a firmar para «no quitarle más el tiempo» y que, sin embargo, la charla había sido muy amena. Ella pensó «Las charlas a solas siempre son amenas» y no dijo nada. Aquel documento era increíble, pues la retenía quieta y sensata si deseaba obtener el garabato en tinta garabateada por el garabateador pesado de piedra. Roca hipertensa o roca amena.

Ya con el documento sometido al trazo indeleble, ella aconsejó al hombre que se comprara un espejo. Él, en vista de lo ameno de la charla, no se tomó a mal el comentario, al contrario, lo consideró un halago: él quedaba como un galán que de ser vanidoso tendría que hacer uso de un espejo para adularse eternamente. Agradecido, la tomó por la yema del índice, el medio y el anular, sujetó la parte contraria de estas yemas y, con la delicadeza propia de las rocas, acercó el palmo terso y cálido hacia su boca áspera tan sólo para besarlo. Después desistió de tanta galanura gótica de gárgola y fingió compostura su alteza marmolística. Ella insistía en sus pensamientos, «Las charlas frente al espejo siempre son amenas».

Abandonó, la mujer, el ámbito aforado hasta los sesos de humo. Chimeneas de alquitrán aspirado: tabaco enrollado. Felizmente guardó en su carpeta profesional el documento constatando de fe, letra y firma la anulación de la sentencia. Cárcel es sentencia, y entre presos, el sentenciado. Ella, en calidad de abogada, acudió con su cliente para especificarle la absolución y el procedimiento alrededor de la misma. Sin saber cómo agradecerle, mucho menos cómo pagarle, el sentenciado y luego absuelto se ofreció como esclavo a la mujer. Mientras la idea conservase su atractivo, realmente era impracticable. No obstante, ella se daría por bien servida con un poco de diversión y le contestó que sí lo admitiría como su esclavo una vez él pusiese un pie fuera del claustro.

Él abandonó a los celadores, empañando su aprisionamiento por una esclavitud libre, avasalladora. Ella, en calidad de ama, le impuso una cadena en la muñeca izquierda y quedaría prendado a ella como un perro acongojado. Pero habría de pensarse que la cadena no tendría porque inquietar a la ama si sólo era un divertimento al margen de los deseos de su cliente. Al fin y al cabo él era quien ansiaba pagar de forma alguna la condena que no se le cobraría detrás de las rejas. Por ello la abogada escogió sólo una cadena leve, para llevar de paseo a las mascotas caninas sin temor a la asfixia. Él no la abandonaría sino por la voluntad de su ama. Cuando salió del área de retención eran las dos de la mañana más tres minutos. Negra madrugada, densa, pero inspiradora: llena de seducción. Con el reflejo obscuro de todo el Universo sobre la camioneta roja, ella partió hacia el apartamento que rentaba, acompañada por su nueva adquisición.

Como todo perro, al interior del apartamento, fue liberado por segunda ocasión en la noche el hombre y su plena sumisión. Ya sin la cadena de por medio, él mantendríase quieto, obediente, justo en el sillón sin recargarse sobre alguno de los tres o cuatro cojines, no los había contado, recubriendo el respaldo sólido del mueble.

¿Quieres que te sirva un café?
Si así lo deseas, así beberé.
El juez me concedió tu libertad. Adivina cómo lo hice.
No logro imaginarlo.
Fue sencillo. Sólo hizo falta un poco de sensualidad y, eso sí, muchísima paciencia.
Te debo la vida, abogada.
No me lo agradezcas. Acuérdate de que eres mi esclavo.
¿Puedo preguntarte algo?
Habla.
¿Por qué lo hiciste?
¿Qué? ¿Tu absolución?
Sí.
Porque yo no pierdo.
Perdiste en honradez, ¿no crees?
Pero gané un esclavo.

Después de ver en ella una sonrisa de satisfacción pícara, él prosiguió:

¿Qué tengo que hacer?
Lo que yo te diga, ordene y exija. Según yo, eso hace un esclavo.
Y cuando no exijas nada, ¿qué hago entonces?
Nada. Como los perros que se encuentran a las órdenes del amo.
Pero me voy a aburrir.
Entonces haz como los perros en determinado caso: salta, corre, muerde los cojines... ¿Por qué no lo intentas?
Porque, dado que nunca he visto un perro en acción, sino muy a lo lejos, ignorándolo por completo en su existencia canina, te pregunto a ti que todo lo sabes, ¡oh ama!, ¿qué hacen los perros en estos casos de ignorancia sobre sus instintos?
Lo mismo que harías tú si tuvieses un poco de dignidad y te asumieses como lo que eres pero deseas regularmente evitar. Eres humano y, en consecuencia, deberías actuar como tal.

El ama tenía la última palabra. El expresidiario abandonó al día siguiente aquel apartamento, buscaría a su hermana, un trabajo y luego una vida. Buscaría tener una identidad. En fin, buscaría su dignidad, no más porque el ama lo hubiese ordenado, pero porque él como humano podría estar sometido a ella, la abogada, o a su propia conciencia. Finalmente, las dos actuaban parecido.

31 de Marzo de 2013

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