Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

·

La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

·


lunes, 4 de febrero de 2013

EL AGOBIO DE NUESTROS PLACERES

Es posible que José Luis lo haya rechazado al comienzo; él nunca fue alguien especialmente paciente y tolerante, pero al final sospecho que terminó teniéndole afecto, aunque éste sentimiento fuese tan débil como fatuo. A veces yo también perdía la paciencia y realmente llegaba a detestarlo. Jamás alcancé a comprenderlo al grado que José Luis lo hizo. Sé esto a pesar de las esporádicas ocasiones donde empaté con sus charlas: José Luis preguntando y él respondiendo sin medida ni congoja. No podía ser al contrario, es decir, José Luis contestando, porque él no resultaba igualmente ególatra que nuestro amigo. Según él decía, teníamos esa relación cada uno respectivamente porque él «lo había decidido así». Esas palabras me molestaban de sobremanera, Ignoro si José Luis pensaría lo mismo. Podría suponer que sí, pues solía salir de sus casillas rápidamente. Era muy extraño ver cómo se contenía para no ahorcarlo o brindarle un soberano puñetazo en el rostro.

En verdad él nos provocaba demasiado disgusto; esto a cada uno por separado. Y aún así he llegado a extrañarlo. No pongo en duda que José Luis lo sienta de forma parecida. Digo, nuestro amigo tenía su ser agradable. Recuerdo la única vez en que me escuchó. No elaboró ningún juicio, sino que muy distintamente a como yo lo esperaba, lleno de su respiración parsimoniosa, en lugar de decir quién tenía la culpa expresó con toda su empatía, eso sí, que «eran problemas de comunicación». Quizá todos los tuvimos para con él y él para con todos nosotros. Y ahora alcanzo a recordar el valor propio que decíase tener y que no concordaba con la eterna aprensión dibujada en su cuerpo. Sus manos sudaban, encorvaba la espalda, bajaba la vista y luego escondía sus manos ya cubiertas de sudor en los bolsillos del abrigo que siempre vestía. Siempre, cabe decirlo, uno distinto y bien combinado...

En alguna ocasión muy particular José Luis y yo coincidimos sin estar presente nuestro amigo. Entonces, sin aquella influencia sobrecogedora charlamos de él, pues no había evidencia en aquel instante de que compartiéramos algo más. Comenzó José Luis diciendo:

– No lo he visto, tú sabes, a tu amigo.

Tardé dos segundos en comprender lo que quiso decir, porque la referencia a mi amigo no la esperaba. Después sonreí y simulando un despertar sacudiendo levemente la cabeza, respondí:

– Lo siento, de momento no te entendí.

Él, José, me aclaró que ese recurso retórico, hablar de lo mío siendo que era nuestro lo había aprendido de su amigo. Me llevé con ese comentario la impresión de estar frente a un fanático de él, un admirador. No obstante, el resto de la conversación me quitó la venda de los ojos y una vez más comprendí las verdaderas intenciones de su discurso.

– No quiero encontrármelo.
– ¿Por qué lo dices?
– No lo soporto, tú me entiendes, me abruma.
– Sinceramente, no, no entiendo.

Ignorando aparentemente mi respuesta, prosiguió:

– Siempre dándose aires de sabio. Detesto la instrucción eterna a la cual nos somete. Lo he visto, e igual te molesta.
– Realmente no me incomoda, pero en ciertas ocasiones desearía cambiar el tema de conversación...

Interrumpiéndome con premura, dijo:

– Cierto, el eterno tema, Ciencia y Arte. No se cansa de filosofar y uno siempre intentando comprender lo estúpidos que somos en el resto del mundo.
– Jamás me he sentido estúpido con él.
– Quizá no, pero antes me habías dicho que no soportabas el conflicto sobre la verdad que él planteaba.
– Eso... Me saca de quicio. Uno jamás tiene razón de nada, pero al final él termina teniéndola, ja, ja. Sí, es una cuestión, como estaba diciendo, desquiciante.
– Lo peor fue cuando llegó a decir que yo no podía garantizar la existencia de las cosas a cada instante...

En ese momento quien interrumpió súbitamente fui yo, y dije:

– El problema cuántico. Sí, es complicado asimilarlo.
– Que si no percibo, o como él dice, si no mido, no puedo garantizar que las cosas existen. Que sólo pueden existir con garantía suficiente de ello si mido. Y aún así, si la medición es imprecisa, ¡las cosas sólo existen con ese rango de imprecisión!
– Así es.
– Y yo le digo que eso es estúpido. ¿Eso tiene en lo cotidiano influencia? ¡No!, porque si voy a darle un golpe en el hocico y él tiene los malditos ojos cerrados, no por ello deja de existir mi intención de golpearlo.
– Pero él no podría garantizar nada sobre tu intención.
– Mejor. Así no se daría cuenta sino al momento. Pero de que le dolería, le dolería, ja, ja.
– Le dolería hasta el instante en que él pueda percibir tu golpe, mientras no.

Después de un silencio de interpretación hecho por José Luis e inspirado por mí, cambió su mirada pensativa a otra más acusativa.

– Ya no quiero saber nada de corrientes.
– ¿Literarias?
– Exacto. Me hartan sus libros. Leyendo cada vez a un premio Nobel distinto. ¡Quiere ser como ellos!, pero no les llega a los talones en nada. Apuesto a que esas personas no son tan presumidas como él.
– Quizá él no diga lo que dice por presunción, sino por admiración.
– Lo dudo. Es un fanático. No hay día, de verdad, un sólo día en que no hable de «Cien años de soledad». ¡Me fastidia que el pinche libro esté en cada conversación! ¿No puede hablar de otro? ¿Es acaso la gran cosa?
– El libro es muy bueno, sin duda.
– ¿Pero al grado del fanatismo?
– Para él sí. Tu amigo tiene a veces perspectivas interesantes del libro. Le gusta mucho, eso es cierto.
– A veces creo que es maricón.
– ¿De verdad? ¿Y eso por qué?
– No le he conocido novia. Luego dice que está perdidamente enamorado de A... El pendejo cree que algún día ella le dará el sí, ja, ja. ¡Si ya le dijo que no! No sé qué más espera. Por eso creo que él es maricón: decepciones como esa vuelven a tipos como él contra las mujeres. Y tanta poesía, tanto arte, tanta reclusión... Eso no es normal.
– Según él, así lo prefiere. Él es feliz así.
– No lo sé. Sospecho que tiene una perversión escondida. Sólo es cuestión de tiempo para que aflore.
– Yo no podría decir que sí, pero tampoco podría decir que no.
– La última puntada con la que salió hace unos días: que todo en el Universo ya está determinado, que sólo nos corresponde entender nuestro destino. ¡Vaya barbaridad!
– En eso concuerdo contigo. Que no tenemos poder de decisión me parece absurdo. Y aún así me ha hecho dudar con la paradoja de Sartre.
– Siempre sale con el comentario «Siento que vivo en una película»... Me parece patético.
– No creo que su intención sea molestar, sino simplemente comunicarse.
– Pues entonces odio su comunicación. Él es muy egoísta. Siempre hablando de sus cosas y jamás escuchando lo que uno tiene que decir. Y cuando al fin lo hace, no apoya, digo, siempre llevando la contraria. Recuerdo cuando le hablé de mi novia. Le dije que ella quería tener sexo conmigo, pero no en un hotel, sino en un lugar más privado. ¿Sabes qué me contestó? Me dijo que era buena idea, pues a ella quizá no le gustaba la inmundicia de ese tipo de lugares donde la podían grabar en el acto. Yo le dije que pensaba grabarla, que siempre lo hacía con todas y el gay de tu amigo se indignó. ¡Maldita nena de mierda!
– Quizá yo tampoco estaría de acuerdo.
– Es verdad. No es algo que presuma a todo el mundo.

Pensé de inmediato dos cosas. La primera, que el granuja de José Luis era un bastardo. La segunda, que quizá él estuviese mintiendo. De alguna forma me identificaba con nuestro amigo porque teníamos gustos muy semejantes. Incluso yo tampoco tenía novia. Aún así, José Luis tenía mucha razón en el fanatismo extraño de él. Es más, sigo creyendo que él lo entendía mucho mejor que yo. El punto es que yo comprendía las palabras e ideas expuestas por él, sin embargo a muchas de ellas he llegado por cuenta propia. En cambio José Luis, muy a pesar de su ser retrógrada y troglodita, había logrado escuchar y asumir las palabras de su amigo. Claro, ambos despreciábamos el egoísmo que le caracterizaba. No era capaz de regalar nada en las fechas relevantes: cumpleaños, día de Madres, Navidad... Menos era capaz de aceptar un regalo sin pensar que fuese hecho por conveniencia. Ya él mismo pensaba que todos ofrecían presentes con el fin de someter a los demás a su propia voluntad a la vez que nadie lo hacía por un verdadero sentido del afecto. ¿Qué sabía él de mis preferencias al dar y recibir? ¿Acaso él era quién para juzgar así los deseos de los demás? Él decía que se había enamorado de A... porque le había mostrado la influencia del egoísmo en nuestras vidas, mejor dicho, en las vidas de todas las personas. Igualmente expresaba lo textual de la frase dicha por A... y que había cambiado su vida: «Si vas a regalar algo, regálalo y ya.» Después continuaba diciendo cómo fue el resto de la conversación:

– No esperes nada a cambio.
– Mmh... Yo espero gratitud por parte de quien recibe mi presente.
– No, no esperes nada a cambio. Si vas a dar un regalo es porque tienes verdadera intención de darlo, pero no porque esperes siquiera que te den las gracias.

De alguna forma A... me parecía más razonable que él. Creo que él llevó a un extremo inconcebible las palabras de A... He llegado a compadecerme de él porque A... simplemente lo ignoró. Decía él que esa charla tan reveladora lo había hecho enamorarse perdidamente de ella. Nunca pensó en que A... no deseaba complicarse la existencia con una persona como él. Más aún, nadie de nosotros solíamos querer complicarnos la existencia con su mera compañía, hablando siempre de lo mismo. Así fue hasta el día en que calló. Ese día no lo presentimos porque él no daba muestras de antojársele tal situación. Menos cuando fue él quien me impactó con la declaración aquella sobre su perversión insoportable:

– Tengo la suficiente confianza para decírtelo. Sé que no me juzgarás mal.
– No tienes que decírmelo si no te sientes seguro de ello.
– ¡Oh!, vaya que lo estoy. Es sólo un poco de aprensión... Ocurre la... Espera, digo, fue...
– Insisto, no deberías expresarlo. Veo que aún te cuesta. No es forzoso que lo hagas.
– No es si quiero o no, sino el hecho de necesitar a alguien que me ayude. No confío en mi madre para ello y José Luis me enviaría a la chingada sin temor al reparo.
– ¿Cómo estás tan seguro de que yo te podré ayudar?
– Porque te lo pido. Si no lo haces será tu decisión, yo te estoy pidiendo ayuda a ti y a nadie más. ¿Entiendes?
– Comprendo. Sólo no quiero meterme en problemas yo.

Expresamente no quería ayudarlo en nada; ¿para qué tener más responsabilidades? Menos si son ajenas. Pero él estaba decidido a que sería yo y nadie más quien recibiría la noticia de su perversión, la que en aquellos instantes ignoraba. Quizá deseaba hacerme sufrir...

– Te lo diré. Recuerdas la ocasión en que la chica del video era golpeada por su novio mientras éste la violaba. Te indignó, lo sé. Incluso terminaste odiando a David por mostrárnoslo.
– Es cierto.
– No lo dije, pero a mí me excitó. Sentí un placer muy intenso... Fue algo anormal, aunque interesante.
– ¿Y esperas que no sea severo contigo?
– No, puesto que ya me lo esperaba. Sólo te pido tu paciencia. Mi sadismo es algo nuevo que conforme pasa el tiempo no me permite vivir. Me hallo atrapado en el horror del dolor y el gozo que me genera.
– Tú lo gozas porque tú lo decides así.
– No lo decido así. Me ha tocado vivirlo así.
– No me explico por qué pides ayuda si al final vas a salir con esas idioteces.
– Porque no sé qué hacer.
– Pues déjate ya de pendejadas y comienza a ser razonable. El mundo no es un sitio fácil para nadie y si aunado a ello te complicas la existencia con cosas por el estilo, seguro que terminarás lejos de todo y de todos. Supongo que eso es lo que esperas.
– No es así.
– ¿No? Deberías ver tu cara de satisfacción. Incluso contienes tu risa.
– ¡No es verdad!
– ¡Claro que sí!, te estoy viendo. Se te contraen las mejillas y muerdes la punta de tu lengua sin piedad.
– Lamento que no me apoyes...

Después, José Luis intentaría devolverlo al mundo de los vivos sin mucho éxito.

– Lo único que lamento es no poder llevarme nada de él. No tengo el valor para asumir que ya no está.
– No José, no es eso. Recuerda lo que él te explicó. Estás viviendo la negación de su muerte. Con el tiempo buscarás a un culpable y te arrojarás sobre él. Luego, desahogados tus ánimos, intentarás ganar algo de la pérdida, en este caso, de su muerte. Pasado esto, seguirá siéndote difícil acostumbrarte a la nueva idea, pero llegará el día en que todo retorne a un estado de normalidad. A veces lo extrañarás, pero irá convirtiéndose en un recuerdo cada vez menos encarnado, más bien nostálgico.

Es quizá todo ello lo que en mi caso ocurrió. Tal vez así tenía que ocurrir. Estas líneas refieren lo que no hice, la culpa que no deseé ni deseo asumir. Él se murió. Yo no. A él lo extrañaremos. A mí me corresponde extrañarlo. Si dudé que él cometiera semejante estupidez fue porque lo consideraba alguien sapiente. No tenía yo porqué saber sobre sus antecedentes y consecuentes mentales. No. Él murió y yo sigo aquí. Lamentar el pasado es inútil y, por consiguiente, absurdo. Sólo quiero quedarme con una cuestión en la cabeza, una realmente sórdida y profana tras su decisión: ¿Acaso él vivió un calvario? Porque hay ocasiones en que él, o bien, su recuerdo, me incita a figurarme todo lo contrario, esto es, que él era un hombre feliz. Quizá lo era y no pudo con la carga enorme de su felicidad porque simplemente nadie se lo permitió, ni ser feliz abiertamente ni compartir su felicidad; «...so much desire, when there is nowhere I can turn to, to offer this desire» Y nadie, ni José Luis ni yo, ni nadie, supimos comprenderlo en sus satisfacciones, por hartantes que fuesen. En verdad, nadie supimos cómo ser felices junto con él, para que él lograse desprenderse de sus «cochinadas». Sospecho que nos percibió así, a todos nosotros, siempre buscando, solos y muy ajenos (a él o a quienquiera) el agobio de nuestros placeres.

4 de Febrero de 2013
 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario