Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 9 de enero de 2013

EL ESCAPE IMPOSIBLE

Apreciar el haz, luego el envés, para terminar prefiriendo al primero.

Una campañilla tintineaba consistentemente, como si de una emergencia se tratase. Realmente de una urgencia se trataba: no había sonado en dos semanas. Se extrañaba su presencia de alguna forma. Aquella campanita consiguió reunir a la comunidad. La mañana de julio en que la situación parecía incontenible mostraba lo indispensable que eran algunas personas para este mundo.

Visión anónima

***

Caminaba por la acera con el fiel propósito de pagar. Pagar lo debido, las multas y aun el futuro. Lo que deseaba era simplemente que lo abandonasen los estruendosos gritos del espectro al que llamaba esposa, aquellos que frustraban la felicidad de los ancianos jubilados en el piso de arriba, o que arremetían contra el sueño de la joven del cuartucho de a lado, donde vivía con su hijo y su marido, el que trabajaba por las noches y dormía durante los días tan sólo para llevar el gasto corriente. Un gasto que los sometía a estar juntos: efectos de la conveniencia. Aquellos gritos lograron cumplir su objetivo para que el Señor hiciera a un lado la desidia, tan común en los ciudadanos, y tomara cartas en el asunto de acudir a las oficinas burocráticas. De aquellas se recibían los sobres que la Señora abría con furia y obsesión, adjudicándose el papel de mujer regañona y emitiendo un mensaje a todas luces exigente, aunque lo dicho no fuese del todo claro para su esposo, con quien había tenido una hija y un hijo, estos ya alejados del hogar paterno. Cada uno de ellos vivía lo que quería vivir. Cada uno tenía guardadas las nostalgias respectivas. Y cada uno llevaba el signo de una tolerancia que enmascaraba la ira tan cobarde de sus progenitores. Sólo faltaba tiempo para hacerla explotar.

En la fila de pagos, el Señor recordó las palabras de su esposa, aunque poco tardó en olvidarlas porque su mente las sustituía con el sentimiento de escozor interno e inacabable que le inspiraba el mensaje. Así, procurando afianzar mejores recuerdos y evocar mejores días que aquellos tan aciagos para él, observó a su alrededor. Vio de paso tres cosas que lo hicieron atender notablemente. La primera, una puerta. No tenía letrero de qué fuese la habitación resguardada por ella. Tampoco se veía que alguien entrase o saliese de allí. Simplemente estaba, tan blanca como rectangular era posible en aquél ambiente viciado, lleno de desgracias a punto de sucumbir al desastre. La segunda, una hilera de asientos soldados a una barra de hierro, pintada de negro junto con las marcas de la soldadura. En aquella secuencia de sillas simples, plásticas, más naranjas que las naranjas de un naranjo bien nutrido, se encontraban sentadas cinco señoras o cuatro; la cantidad no le importó en lo más mínimo. Cada una morena por el sol y por la herencia de una piel idéntica a la de sus respectivos padres. Cada una sosteniendo algo. Cada una pensando, o pretendiendo pensar, distintas cosas a la vez. Y cada una abanicándose el calor insoportable de aquel mediodía de verano. La tercera, la ventanilla de pagos. Aquél era el sitio propicio para hacer surgir una inmensa cantidad de quejas y enojos. Un ámbito de catarsis maniática, donde las cosas nunca están en su lugar, y donde la ineptitud parece a los ojos de todos la ley más respetada por quienes se encuentran del otro lado.

«El otro lado». El Señor fue aprehendido por aquellas palabras que cruzaron fugazmente su cabeza, como si una ráfaga de viento lo hubiese levantado del suelo desde la raíz siendo él un árbol otoñal. Pensando sobre lo que había al otro lado de la ventanilla y al otro lado de la puerta y, más aún, al otro lado de los rostros de aquellas mujeres tan distintas, pero también tan similares, divagó tanto como el tiempo le permitió esparcirse, hasta el instante previo a su turno. Llegado éste, sintió un ligero cambio de ambiente. Uno frío y seco, digno de respirarse en él. Cerca de las ventanillas había una máquina de acondicionamiento de aire, aparato que explicaba la aberración entre la zona de abanicamiento y la zona de pago. «El dinero lo puede todo», pensó el Señor. Nervioso e irritado, bailó un poco sobre sus pies esperando a que la pantalla alumbrada por siete segmentos rojos señalase su número y emitiese un sonido que a la larga se tornaría traumante, un pitido que en su diseño inicial pretendió ser amable, pero que en la cotidianidad de su ocurrir se implantaba como la peor pesadilla de todas para aquellos detrás de las ventanillas. Esto no era difícil de imaginarse, pues con una hora de espera y de estar escuchando la señal del nuevo turno la desesperación invadía la mente. Quizá no sería tan intempestiva dicha invasión para los burócratas, siempre detrás de los cristales, dado que ellos gozaban de amortiguadores de la impaciencia (como la unidad de acondicionamiento antes mencionada), pero al paso de los días sería imposible soportar tal desazón inminente.

Pagó. Fue un trámite absurdamente sencillo que hizo cuestionarse al Señor el porqué de la lentitud de una fila que hacía una hora lucía interminable. Tardó escasos dos minutos. Entonces recordó la explicación que un amigo le dio sobre el origen de la tardanza en las filas de la burocracia: «La gente es desordenada. Nunca tienen sus documentos como debe de ser, como se pide en cientos de letreros a lo largo de las oficinas. ¡Hasta se anuncian por televisión! Por eso siempre el retraso en aquellos sitios. Y luego si se ponen a pelear con la gente...» Resuelto el tema, lo olvidó por completo. Estaba aliviado. Había cumplido con sus obligaciones y tenía la sensación de un nuevo comienzo. Sin embargo, la novedad se le desmoronó al pensar en las horas que perdería cada mes por tratar de pagar, siempre frente a la ventanilla, intentando soportar la impaciencia o escabulléndose de ella por medio de su abstracción en otras tres cosas. Él prefería perder el dinero antes que perder el tiempo. A pesar de ello, se sintió liberado de las presiones de su Señora y caminó sin prisa, pero con la rapidez suficiente para determinar las decisiones que todo peatón debe de tomar prudente y conscientemente.

Abordó el tren. Poco antes de su llegada se escuchó un claxon, tratando de expresar «¡Qué nadie intente siquiera asomarse! ¡Va a llegar el tren!» cuando la realidad era que cada una o dos semanas alguien se suicidaba. Ya era un hábito arraigado en los conductores de trenes el hacerlo sonar. Un hábito que resultaba innecesario, pues un viento tibio siempre se anticipaba incluso al sonido estridente del claxon, anunciando de maneras más eficientes y calladas la llegada de aquel armatoste. Silencio y calma hacían falta en aquel lugar. Muchas veces, la gente no escuchaba a su interlocutor, un amigo, un familiar, o un enemigo incluso, porque las ruedas del tren no cesaban de rasgar los rieles tan oxidados por incontables días de lluvia e incontables días de sangre de gente ajena al mundo. Gente solitaria. A veces, no era suficiente el volumen del móvil para alcanzar a atrapar las palabras del hermano diciendo «Te veo allá, ya voy» a causa del rechinido interminable del metal contra el metal, y del viento cada vez más intenso al paso del tren. El Señor, después de entrar al quinto vagón de una hilera de nueve, giró la cabeza con el propósito de encontrar un asiento, pero su intento fue vano. Se consoló con la idea de que estaría sentado mucho tiempo en su cómodo sillón, donde la vergüenza le arremetía de golpe cuando miraba los programas de televisión donde un modelo estaba sentado a lado de un médico y ambos promovían la actividad física para conservar una vida sana y duradera. Quizá era la muerte de su padre la que atacaba la vergüenza y lo plantaba en lo corriente de su aspecto sin más sentimiento que la conformidad con su propio cuerpo.

Sólo se ponía de pie para lo más indispensable: la comida, el baño, la ducha y el sueño. En ciertas ocasiones, ignoraba la ducha, y el sueño le tomaba por sorpresa en el sillón, pero todo lo demás acudía a efectuarlo en su debido lugar a su debida hora. Sin embargo, la Señora no se encontraba contenta. Esperando más de su marido, hizo uso de su capacidad de fastidio para hacer que su esposo se levantase de aquél sillón por situaciones menos indispensables. Y aquella tarde, le gritó «¡Despiértate huevón!, ¡qué la campana está sonando!». Alterado en su sueño, saltó de golpe y como un autómata para sucumbir a los designios de su mujer. Tomó la bolsa, y con cierto enfado cerró la puerta. Tomó las llaves, que las llevaba todo el tiempo en el bolsillo derecho de su pantalón, y abrió la puerta principal, la que cubría el patio de las miradas inesperadas y que era exterior a la puerta que antes hizo patente su molestia. Cerró por segunda vez, pero con menos ímpetu porque no estaba enojado con la puerta, y para tratar de evitar alguna discusión mayor con su esposa. Caminó tres, cuatro, cinco, ..., ciento cincuenta pasos, hasta llegar al camión pestilente, repleto de moscas, donde tres hombres acomodaban las bolsas que arrojaban dentro el resto de los vecinos. Cada uno tenía el rostro manchado de negro, como si fuese aceite de motor. Cada uno contemplaba a los demás en su afán de admirarlos a la vez que provocarles miedo. Y cada uno ejercía su propia función: abrir las bolsas, distribuir los restos del mejor modo posible y observar con un ligero «Gracias» aguardentoso que las personas dejasen la propina adecuada. Una tarea por persona. El Señor introdujo la bolsa en el camión sin querer tocar o mirar a ninguno de los tres hombres. Dejó en una latita al costado derecho del mismo una moneda de la menor denominación con la que él contaba. Finalmente, dio la vuelta para alejarse de tanta inmundicia y comenzaron a invadirlo las ideas ponzoñosas que tanto escamoteaba, pues su moral escrupulosa (la que tenía para él) le prohibía pensarlas. Esa moral le hacía, por ejemplo, recalcitrar al entrar en otra casa como visita. Esa moral le indicaba que no debía mirar nada por todas sus partes, hasta en sus últimos rincones; no debía notarse que le interesaba lo ajeno, no fuera a pensarse mal de él. Y fue esa moral la que le “dijo” «No es cierto que la gente se reúna sólo por la basura» porque él tenía la esperanza de que no sólo las campanitas de mensajes concretos, bien conocidos por todos, armaban una sociedad. Sin embargo, ese anhelo se esfumó al comenzar a observar a cada uno de sus vecinos en todos sus errores. Nada se le olvidaba. Entonces, simplemente se dirigió hacia su casa, con la cabeza baja para no seguir mirando, ni coincidir con nadie y así no emitir un hipócrita saludo de «Buenas tardes» con una estúpida sonrisa, y abrió la puerta donde todo lo que le acontecía a diario seguiría de la misma forma. Donde tampoco podía escapar de sus temores.

9 de Enero de 2013

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