Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

·

La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

·


miércoles, 12 de diciembre de 2012

UN EPISODIO RIDÍCULAMENTE ABSURDO

Lucio Díaz parecía un hombre callado y triste, neurótico, pero en realidad tenía muy claro quién era él y cómo pretendía vivir el resto de su vida. Lucio no cabía de contento por nada y aun así la vida le envío varias alegrías. En resumen, Lucio era la contradicción humana más absurda de todas. No terminaba de maleducar a sus hijos y ya sus nietos comenzaban a darle lecciones de moral al abuelo. Estaba claro a sus cincuenta y cinco años de edad quién era él, sin embargo nadie lograba develar lo que pretendía para su futuro, que no sería muy largo según la opinión generalizada. Ocurría que Lucio no quería ni siquiera preguntarse esto a sí mismo y en ello fue que se resolvió su pretensión principal. No vivía enamorado, pero la mujer con quien vivía y con quien compartía la cama, y más aún, con quien compartía las preocupaciones del día a día era una dama de refinados gustos que en la juventud debió ser muy codiciada por varios muchachos y no tan muchachos. No rallaba en el ridículo pero, como ya se mencionó, padecía un destino pronosticado por nadie, dirigido hacia el absurdo. Parecía respetable y nadie le tomaba en serio. Sus hijos lo querían mucho. Quizá este fue el único aspecto en el cual no le afectaba su destino y sería más porque dependía del destino de sus hijos. De todas formas, a él no le interesaba. Tantas cadenas de contradicciones e inconsistencias a lo largo de toda la vida le habían producido un nudo mental que terminó derivándose en el estómago como otra muestra del carácter alrevesado de tan peculiar ejemplar del género humano. Y en el estómago, muy dentro, se le acumularon las ilusiones que ya estaban cumplidas y que su mala memoria le hacía recordar, los desvelos por insomnios inexplicables debidos a las preocupaciones del trabajo que nada tenía de complicado, las verdades calladas y que terminaban siendo (para su propia vergüenza) mentiras a medias, o cualquier cosa que de él emanara. Le chillaron las tripas y el duodeno le exigió que comiera, pero el esófago marcaba la señal fulminante de las agruras que le ennegrecían el apetito tan poco voraz y muy selecto que tenía desde la juventud. Se deshizo en diarrea porque el arroz estaba crudo, duro para ser comido, y desató la cascada vomitiva que llevaba desde las entrañas porque el agua que había probado, en vista de su malestar, estaba muy limpia. A medida que se deshidrataba tenía menos sed y la saliva perdía su calidad diaria para asemejarse más al agua corriente que al líquido de viscosidad ligera que debía segregarse. No soportando más, acudió al médico y le recetó éste una serie de medicamentos que al ingerirlos más le acentuaron los síntomas. Estaba desesperado pero conservó la calma. Lucio jamás había sentido que las emociones se le iban y por mucho que en todos los años anteriores había proclamado que sentía todo con el cerebro, terminó por admitir innegablemente que sentía en realidad con las vísceras, porque no lograba evocar ningún recuerdo agradable, ni ninguna tristeza a causa de la pena física que lo había invadido. Chilló como un bebé silencioso en la cama y esto le reconfortó aunque no le mejoró los ánimos, sino todo lo contrario, le reafirmó la melancolía presente en aquellos instantes. Harto, se durmió con los ojos abiertos. Su esposa, creyendo que él estaba despierto le reveló cuánto lo quería y cuánto le dolía que él estuviera así, palabras de aliento que él anhelaba desde hacía mucho tiempo y que fueron pronunciadas en el instante menos oportuno. Despertó, eso sí, con cierta mejoría falsa, propia de los moribundos. Pero él no moriría, porque en los minutos previos a su mala hora tendría que reconocer todas las alegrías y olvidar todos los recuerdos, cosa que no estaba ocurriendo. Era el efecto ordinario del antibiótico destruyendo para siempre la infección que obtuvo bebiendo el agua limpia y hervida del grifo de su hogar. Siempre había huido de la comida de los sitios clandestinos, o simplemente de los restaurantes y no lograba entender por qué razón enfermó de esa manera en su propio hogar. Tampoco le interesó mucho mientras la cotidianeidad se le terminaba drásticamente en cada visita al excusado. Le interesó después, cuando no le servía de nada saberlo, pues estaba seguro de que hallando la causa de su problema podría encontrar la solución adecuada, óptima. Así era él, que sin causa aparente tenía problemas, o bien, sus problemas no tenían causa aparente; nunca logró resolver con su filosofía ninguno de ellos. Con la paulatina mejoría a lo largo de los días terminó por experimentar la sensación más ingrata que en varios años no había logrado conquistar: la rabia de no poder comer con libertad, sin miedo, esto claro, proveniente del estómago.

17 de Junio de 2012

No hay comentarios:

Publicar un comentario