Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

TORRENTES DE CÁLIDAS AGUAS

Denotación ambigua lucía su ilusión, sonrisa carmín, junto al par de radiantes párpados, porque esa constitución dental y labial estimulante, imbricada con aquellas miradas metálicas, destellantes, opacaban cualquier suceso que originara su contento al insinuar la depresión más patética, síntoma de una encarnada decepción.

Enfrente del espejo, generando vórtices de los recuerdos taciturnos, probablemente fríos, del pasado, el gesto gentil y sombrío asumía un significado adecuado. Transcurría el amanecer para animarla a vaciar la habitación, hogar de femeninos gustos, rosa violáceos, de toda presencia humana como ella fuera la única en el ámbito. La desolación se agudizaba mientras sus pasos se marcaban por sus piernas rígidas y atléticas, cuyos pies señalaban blancura realista, plantados correctamente a lo terrenal, dejando un silencio residual notable y en claro aumento.

La ventisca danzaba con ritmo de cabellos lisos, finos, de tono dulce por la piel que imitaba, y sus cabellos correspondieron al baile, livianos, caóticos, similares al meteoro que se veía venir. Justo antes de sentir las cascadas de cortinas acuosas, transparentes, formación de cristalinas perlas, ingresó sin temor pero con recelo a la fuente del aroma tostado, de semillas quemadas, para beber tres tazas de infusión de café, acompañada de dulces ausentes, ni galletas ni bizcochos, atendiendo al final de la función de canicas plateadas hasta que escampara.

Sólo por aborrecer el brillo helado de la joyería tumbándose y formando ríos, soportó la voz de actitud chirriante, de timbre agresivo, cuya gordura sorprendía, que la atendió dos de tres tazas solicitadas. La tercera versión, agua en su negrura cálida, fue colocada sobre el soporte redondo por la gentileza masculina dactilar que sustituía al espíritu de lisonjeros modales y cortesía brutal. Infectada del sórdido carácter que antes la sofocó, había deshilvanado los tejidos que tensaban sus mejillas simples, voluntariosas, y concedió equivocadamente desdén, sin incisión cruda, al mesero que la encontraba atractiva.

Dos veces por semana durante seis meses, ése fue el ritual orillado por las lluvias, no monzones, que ella detestaba con cierta calidad berrinchuda, y por la tostada esencia de su bebida predilecta. La costumbre mantenía indiferente a la mujer que atendía sin atender, la gorda que servía dos de tres tazas, distinta del compañero, el de la última orden, que tras la contagiada indiferencia expuesta por la reina de la sequedad descubría algo más en sus gustos femeninos de párpados estánicos y alegrías estranguladas color sangre, y se enamoraba irremediablemente de ella.

De cualquier forma, la costumbre no podría llamarse cotidiana desde que él le sirvió una orden diferente cada vez porque ella no especificaba sino café a secas. No lo hacía por contradecirse en su preferencia por la bebida, pues conocía todos los tipos fuera por cultivos o preparación, mas a ella le daba lo mismo siempre que el agua la mojara si no ingresaba al sitio, y también mientras la misma gorda la recibiera con imbecilidad, ya que al cliente se le debe tratar con candor digno de ser llamado amable.

La señorita optó por jugar a identificar la orden preparada y corroborar con el confiable testimonio del mesero su acertada cata. La costumbre nunca sería cotidiana por el encanto de su mirada eléctrica, fijándose en él por simple curiosidad. Asumiendo esos vistazos, pues su empatía era tan puntual cual si estuviera degustando la negra infusión como ella, él sabía que sólo era curiosidad. Eso lo fulminó, sumiéndolo en el amor más hondo, desesperado, desgarrado por la cotidianeidad de la lluvia, nunca tormenta, y los hostiles tratos de la gorda que maceraban el ánimo de la señorita de manos sutiles y piernas concretas, tal y como la evocaba, jamás por sus sonrisas de ocaso y luminosas miradas.

Transcurrieron las semanas entre granos exóticos, sugeridos por él detrás de la barra de atender. La gorda jamás permitiría el cambio de turno sino cuando llegara el momento de su salida, dificultando la conquista de una muchacha inaccesible por resentir patéticamente los hechos e irreverencias de su destino. Cinco meses no lograron detener o siquiera entorpecer el goteo caudaloso cada tarde, evidencia de que el agua se agotaría pronto y de que las visitas ansiadas pasarían como el recuerdo espantoso de una juventud desechada, de bríos desdeñados que pudieron ser la felicidad plena. Vislumbrándose su empatía, ahora por la naturaleza de la lluvia, el joven decidió en su locura, desesperación por el término de un amor sin comienzo, envenenar sin pócima a la señora y sirvienta detestable, su compañera de trabajo.

Recogiendo de la calle un poco de agua cercana a la alcantarilla, la vacío con una jeringuilla en un supuesto pastelillo secreto que la mezquina mesera conservaba debajo del horno todos los días. La infección estomacal provocada se constituyó inintencionadamente como el pretexto perfecto para deshacerse de un estorbo inevitable desde hacía diez años: el dueño del ámbito la despidió argumentando una falta al contrato. El mesero concibió esto naturalmente, sin extrañar a la señora que pecaba de golosa. Las tres tazas, todas de él a partir de lo acaecido, intensificaron el juego de degustación, volteando la exquisita mujer sus centelleantes ojos al rostro que tanto la admiraba en su perfección.

Restaban tres semanas para que los manantiales diarios fueran secados por un invierno próximo. Seis eran los días necesarios, persiguiendo un placer interrumpido antes y acelerado después. La desesperación invadió brutalmente los ánimos del hombre y constituyeron la determinación para declarar su amor a la ninfa que poco conocía la existencia del sátiro acechándola porque ella carecía de voluntad dejándose llevar en el desdén de dos tazas de café arrojadas fríamente sobre la mesa. Estúpidamente, él la tomó de la mano y arrojó la frase: «Te amo». Siguió reverberando la letanía clásica del romance, hinchando inútilmente sus sentires y pesares. El escenario se destrozaría sin servirse la primera taza, huyendo herida en la infelicidad la dama atacada por el turbulento emplazamiento de melosas palabras y malogradas frases seductoras.

Pasado el primer día de aquella tortuosa semana, tras un día completo de sinsentidos absurdos para él, volvió a llover y ella entró sin decirse en su ofuscación, o en una disculpa, ni tampoco aparentando recordar la ocasión precedente. Sin embargo, él no lograba concebir esta bárbara distancia. Los ojos de brillo notorio y los labios de ardor vivo, de hierro fundido, no eran casualidad: ella no esperaba amar a nadie más, deseando olvidar al novio que la abandonó tras el despojo de una virginidad concedida dulcemente. Sus ojos desdeñaban reflejando por la luminosidad plateada el rostro de cualquier pretendiente, evitando ser desvirgada también del alma, cruzando cándidamente las pupilas. Los labios de bronce anunciaban dignidad propia. Ignorando todo esto, el mesero seguía fijado en sus piernas recias y sus manos de ave celestial, avivando la ilusión de su fantasía. El juego de brebajes sucedió en su curso tradicional, pero las esperanzas se apagaron para él y más aún para ella que ya las conservaba consumidas.

Cuatro días pasaron de la misma forma. El último, de los seis, al sexto mes, un día antes de la lluvia final del año, concretó el caos. Él la recibió y la forzó a besarlo. Ella, abofeteándolo, se deshizo tajantemente de su corta historia por haber sido orientada a un desenlace que no perseguía. Ya no rodaban cristales gruesos por las ventanas sino apenas la brisa, víspera del último llanto de los ángeles sollozantes por falta de cariño en los tiempos tormentosos. No le costó mucho correr entre el agua, aún con falda, porque no se empapaba, lo que realmente sorteaba. Y pudo él lo que los ángeles dejaban de hacer, sobre la mesa que ella dejó vacía, como su casa, siendo que la cafetería se desmoronaba en la frecuente ausencia de clientes, de gentiles rostros (culpa de esto tenía la gorda cruel) y al final, de pasiones. Ella no regresaría, huyendo del temor que resquebrajaba su conciencia, articulando su inevitable decepción.

25 de Febrero de 2012

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