Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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jueves, 20 de diciembre de 2012

RESABIOS DE LA VEJEZ

Calibrando el reloj de pulso. Así encuentra la hija al padre, limpiando un reloj de oro que deja de funcionar tres horas antes por el estrépito derivado de una caída descuidada e involuntaria del anciano. El reloj ya no sirve. Ella toma la iniciativa de regalarle en el día de su cumpleaños otro reloj, mismo modelo y misma hechura. Lo que ella no sabe es que su padre despreciará el obsequio y lo arrojará al bote de basura en el instante en que ella le explique los motivos de este “atrevimiento”. Así ocurre. Pero antes, la fiesta transcurre tranquilamente en la compañía de los otros dos hijos, ambos varones, de la hija preparándose para entregar el paquete de intenciones solidarias y de los dos únicos nietos que tiene el señor, hijos de su hijo mayor. Ella es la menor. Se ha encargado de las necesidades de su padre desde el día en que su madre murió victima de un camión de carga, por una distracción de ambos, del conductor y de ella. El hombre, el chófer, no para de lamentarse cada minuto en la cárcel y el anciano padre sigue llorando a solas, en su habitación, la pesada carga de amor que no puede desahogar al pensar en su mujer, la que él más amó en toda su vida. Saca los cubiertos la muchacha, la hija. El anciano recibe con gusto a sus hijos y a sus nietos, y juega con ellos hasta el momento de la comida. Los niños no tienen conciencia de los achaques del abuelo, del profundo odio que tiene éste contra la vida y del amor que siempre yace allí, con él, sin poder desahogarse. El conductor del camión saldría libre aquel día para vengarse de la familia que destrozó su vida a costa de desquitarse con alguien por el infortunado destino de la señora descuidada, la que no volteó para ver ambos lados de la calle, la que según él tiene la culpa de todo. Nadie en la familia ignora que ese hombre saldría de la cárcel, pero todos suponen que él no daría con el paradero de nadie, que es un pobre tonto, y que no merece mayor atención en los instantes que para el anciano deben ser especiales. La comida está deliciosa. La hija sabe cómo cocinar, los secretos más profundos en el arte culinario, las lecciones interminables con esa madre tan extrañada y tan egoísta, según el viejo, porque lo abandonó cuando él más la quería. La necesitaba porque la amaba. Sin embargo, a los sesenta años tiene tantos impedimentos morales y tantos disgustos, y tanto rencor contra el mundo que la hija suele decirle, sin temor a ser reprendida, que pronto podría estar con ella, su madre, y que ella jamás lo habría olvidado porque conocía perfectamente el corazón de su marido. El hombre solía decir muchos años antes, de recién casado, que de morirse su esposa antes que él no podría soportarlo y que nunca más sería feliz. Cumple pues ese dicho al pie de la letra, pasados los años, y no es feliz. El asesino involuntario llega por la tarde al domicilio que le facilitaron las amistades de la cárcel, los que tenían contactos con quién sabe quién en no se sabe dónde. Pagó el servicio siendo fiel y sin hacer preguntas. El jefe de la banda al interior del penal de orden común le hacía golpear a quienes él le enviaba golpear, y recibía los golpes en defensa de su patrocinador. Para fortuna suya muy pocas veces tenía conflictos con las otras bandas. En realidad se vivía por la época en que ingresó este hombre al ámbito una paz inintencional, con sus altibajos, por supuesto, pero ya no había muertos desde que las bandas quedaron bien definidas al interior. No era una casualidad. Si afuera las cosas andaban bien, sin pleitos entre criminales, adentro no había razones para seguir batallas sin motivo. Llega el asesino y pretende tocar a la puerta. No obstante, le es imposible. Ve por un resquicio de cierta ventana el pálido rostro del anciano, llorando a solas, después de quince años de muerta su esposa, viudo. Entonces él, el expresidiario, se vuelca en el llanto que la cárcel no le permitió ni un sólo segundo, defendiéndose de todos, cuidándose incluso de su sombra. Es el llanto de ambos hombres el mismo: la vejez. La amargura que en un comienzo vivieron los dos, cada uno por separado, terminó por ser al paso del tiempo un baño de inconformidades sofocantes, de inquietudes sin resolver, un manojo de tristezas que en un comienzo eran ramilletes de coraje, ira e indignación. Los niños y los hombres están impacientes por comer pastel. La hija sabe perfectamente lo que ocurre en la habitación donde se supone que el anciano duerme plácidamente. Por esta razón mantiene en calma a sus hermanos y a sus sobrinos distrayéndolos con sus mejores armas. En el futuro, ellos también serán viejos. Cada uno guardará una rabia particular contra su padre y nunca permearán sus voluntades para perdonarlo en su muerte lejana a los ochenta y siete años. Sin embargo, ellos no tenían forma de comprenderlo, ni tenían la opción de vivir los sinsabores del amor saboteado del padre. En la cárcel siguen recrudeciéndose las visitas negadas, las riñas entre hombres que pretenden un poder imposible, y las indignas formas de los policías al tratarlos. Y el mundo sigue agrandando la caja donde las lágrimas de la ancianidad terminarán, gota a gota, como una forma de expresión de los días, de los meses, de los años sombríos, cuando se mueren los esposos y las esposas, cuando se viven injusticias, y cuando los hijos dejan de amar a los padres. No son los achaques lo más doloroso de este proceso interminable y de incalculables consecuencias, sino las memorias cautivas, las pérdidas sin motivo, los miedos, y la sensación de que existe un Dios despiadado que no permite el amor una vez que se ha implantado. Porque es cierto, el conductor no tenía odio contra nadie, ni tampoco el padre de la muchacha que le regaló el reloj. Pero era el reloj para él, su padre, el símbolo del amor: de manos de su esposa, recibió esa alhaja al año de casados. Arroja el nuevo reloj al cesto de desechos como otra prueba de la vejez forzada. No quería tener otro mecanismo del tiempo, porque el de su esposa era eterno, como se empeñaban en mostrar sus manecillas detenidas a las cinco cuarenta, casualmente la hora en que ella murió. Arrepentido y sin más que hacer, el vagabundo proveniente de la cárcel comienza a pepenar y urga en los restos de una fiesta desalmada. Para su fortuna encuentra el reloj que la hija ofreció como presente. Ese acto de reconciliación con el destino no parece solucionar nada, ni reparar los años perdidos, porque el tiempo no vuelve para nadie y porque la vida se nos escapa entre los dedos por su fluidez sórdida en un viento de desdén, en un viento tan amargo que sólo la muerte puede reparar.

15 de Mayo de 2012

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