Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

LA VIDA EN COMPROMISO

Capítulo 1 - El corredor empeñado.

¿Cómo comenzar algo de lo cual no se entiende su propósito de ser? Se requiere de compromiso y dedicación; ambas cosas están al alcance de cualquiera que esté interesado en lo que hace. El inicio con dedicación y compromiso fueron y de esta manera el chico creció mientras vivía. Aquel muchacho sería viejo y a partir de que él lo supo entendió que comenzaba. Todo se dio en él de una manera afortunada y natural como es respirar; vio que su futuro estaba en sus manos y trabajó para forjarlo. Su ánimo tenía las señales del empeño mismas que sólo pudo observar con una perspectiva notable a través del tiempo. Sabía muy bien que debía comenzar y no se detuvo sino por su naturaleza que lo obligaba a descansar estrictamente lo necesario. Corrió sin parar, su cuerpo dolió y entonces descansó; una vez que no hubo dolor continuó haciéndolo con las mismas acciones ante el dolor y el descanso hasta que se sintió hambriento. Fueron el hambre, el cansancio y el dolor los que obligaron al muchacho a continuar su proyecto - nombre con el cual designó a lo que hacía -. Su cuerpo le impedía seguir y él lo presionaba en una lucha de poderes internos entre su voluntad y su malestar. Él sólo corría y soportaba cada vez más la sofocación de su cuerpo. Cuando corría no pensaba, no trabaja su mente en muchas ideas sino en las necesarias para correr, seguir corriendo y favorecerse a sí mismo. La iniciativa pasó a ser un hábito que lo convirtió en un corredor destacado. Pero él jamás fue visto porque él hacía todo a solas con la naturaleza a su lado dándole el soporte requerido. Miraba, respiraba, escuchaba y vivía para correr. Corría en su mente mientras corría y también lo hacía al estar descansando; pensaba para correr y seguía viviendo con la orientación necesaria al correr. Deseaba eso y lo vivía a cada instante. Creía en su proyecto y sabía lo que hacía. Los caminos recorridos eran tan variados que a pesar de tener un aspecto similar eran todos diferentes en la manera de sentirse sobre los pies y en la manera de respirarse y en la forma de moverse a través de ellos.

Capítulo 2 - Los caminos eran caminos.

Para los caminos era muy fácil ser caminos, sólo existían para precisamente serlo. Todos los caminos existían para servir de guía al que pasara por allí. El camino pisado se empeñaba en ser camino y sólo era camino. Así sirvió al propósito que dedicó y fue visto como el camino que debió ser. Pero acaeció el momento en el cual el empeño se apagó porque el corredor había pasado y entonces, sólo así, el camino se comportó como bosque de pisadas. Todas las pisadas eran del corredor. Ese bosque de pisadas estaba realmente determinado a ser bosque de pisadas y no otra cosa porque esas pisadas producían el empeño que requería para ser realmente un bosque. Y siguió siendo un bosque de pisadas muy importante para que el mundo fuera como era entonces hasta que el tiempo se encargó de hacer menos claras las pisadas, más grande el sufrimiento del bosque y menos claro el empeño para ser un bosque de pisadas, porque se sufre por la falta de propósito dada una ausencia de empeño. El bosque quedó finalmente en una muerte total después de la larga agonía de pasos que se tornaban cada vez más tenues. Los pasos dejaron de ser pasos y pasaron a ser agonía mientras que el bosque moría y la agonía encontraba su empeño y dedicación en la muerte del bosque de pisadas que sufría lentamente. Esta lentitud hacía de la agonía una verdadera pionera en el crecimiento por empeño y tiempo, sin embargo su problema radicaba en la dependencia del sufrimiento del bosque: si éste desaparecía lo hacía igual la agonía. Llegaron los últimos momentos de la existencia del bosque y la agonía estaba en su apogeo sin saber que su empeño desaparecería junto con el bosque, con lo cual también ella moriría. Fue trágica la doble muerte del bosque y la agonía que fueron pasos y llegaron a ser nada.

Capítulo 3 - La belleza de la ley natural.

La ley natural no mataba y después de tanto sufrimiento la vida vio la luz inmediatamente: el que fue bosque y murió se transformó en tierra firme y halló su empeño en su paisaje de corteza y piedras que formaban un cascarón. Llegó el viento que jugueteó con la corteza y hallaba su empeño en los restos de movimiento del corredor y en mover esa corteza que servía de empeño a la tierra firme recién nacida. Ese viento giraba y giraba y revoloteaba para ser más grande a cada momento que su empeño crecía y se acrecentó tanto para que el tiempo fuera visto nuevamente en esa ola destructiva y constructiva sin sentido aparente. El viento que había crecido movió toda la corteza y la piedra que pudo para hacer de ella un empeño cada vez más grande hasta generar una apariencia gigantesca. La tierra entonces se protegió y dejó caer lo que fuera sobre ella para no perderse y morir como sabía que podía pasar. Cayó la corteza que provenía del débil brazo del viento, es decir, uno de los incontenibles brazos del viento, el más débil de todos. Las piedras también cayeron y la tierra siguió siendo tierra con un empeño inquebrantable hasta donde ella lo permitiera. El viento luchaba por conservar su empeño a cada paso que, el ahora hombre, corría, esto al mismo tiempo que la tierra agotaba su energía por seguir firme venciendo las fragilidades del viento. Desconocían ambos que esa lucha había liberado vida que ellos mismos poseían y sacrificaban por no perder la vida que en sus esencias estaba arraigada. Polvo nació de esa vida libre que los contrincantes a muerte despedían. El polvo encontró así su empeño en los efectos que el viento y la tierra tenían mutuamente en su enfrentamiento. El polvo era ocasionalmente pequeño y momentáneamente grande dependiendo del poder de la embestida entre la tierra y el viento que no cesó desde el instante en que ambos nacieron. Todo parecía muy tranquilo mientras esa lucha se llevaba a cabo: nadie moría y la vida se desbordaba con toda plenitud.

Capítulo 4 - El día D.

Esa tranquilidad, muy a pesar de la vida que se regeneraba a cada segundo, no duró mucho. Un día, en verdad maldito para los habitantes de ese pequeño bellísimo universo, la lucha traspasó los límites de las posibilidades entre la tierra y el viento. Este quebranto de fronteras llevó al polvo a los ojos del corredor que al sentirlo manifestó dolor y quedó finalmente cegado. El polvo voló tanto como la energía del viento lo elevó y la tierra no pudo hacerlo regresar en el momento adecuado. El hombre dejó de correr y pasó de ser corredor a ser ciego. Tan poca vida del polvo en los ojos del corredor se transformó en dolor que encontró su empeño en el sufrimiento de éste. Al ser ciego, el que era corredor estuvo vagando con el dolor en sus ojos que vivía para hacerlo sufrir. Una ínfima cosa hizo del mundo un caos: el viento perdió su poder, lo cual resucitó la agonía mientras que la tierra toda quedó deshecha no pudiendo recuperar la totalidad de su corteza porque una parte quedó flotando junto con la lenta agonía del viento y otra estaba en los ojos del ciego adolorido. Afortunadamente para todos, el ciego sabía hacer con su vida algo más empleando el empeño de su ceguera. Él no veía y se dedicó con su sufrimiento a ser el ciego excelente que él desearía. La mediocre tierra estaba viviendo como podía, encontrando su empeño en atraer poco a poco el polvo que estaba flotando junto al viento agonizante. La vida se manifestó confusamente bajo la influencia del tiempo. Y fue en este periodo de confusión cuando el pequeño universo quedó redefinido. Sería el bastón del ciego que era corredor el que produciría golpes tan fuertes que el pequeño viento encontraría su medio de manifestación en diminutas pero sustanciosas ráfagas. Asimismo se revitalizó porque hallaría en acariciar el rostro del ciego un motivo por el cual ser. La tierra por su parte estaba quedando conforme pues la vida había modificado las oportunidades para ella: vivía con el empeño de ser firme para soportar los golpes del bastón. Y los golpes fueron otra muestra de la vida que incesantemente aparecía en diferentes manifestaciones. El empeño de cada golpe se estaba manifestando en el contacto firme siendo hijo de la tierra con su nuevo empeño y del bastón, fiel sirviente empeñado a ser leal a un ciego excelente.

Capítulo 5 - La segunda oportunidad.

El nuevo y aún pequeño universo quedó reconstituido en un mar de acciones que acompañadas por la confusión se fueron conformando para lograr algo más perfecto. Esas cosas que forman al mundo también se iban ubicando en su debido orden. El tiempo, la confusión y la vida habrían de mantener el equilibrio hasta ese momento. El sufrimiento sólo indicaría el modo de vida y los actos indicarían su redefinición por la presencia de la confusión. Estos jueces, en ocasiones caprichosos, se comportaron a la altura de las circunstancias. Los nuevos propósitos adquiridos estaban planteados después del acto mágico que la confusión sostuvo. El hombre tenía que vivir como ciego y sentía por ello, gracias a la confusión, un poco de tristeza. Esto le afectaría alterando su empeño de ser un ciego excelente siendo en ocasiones un ciego deprimido. Él no podía sufrir y por ello le invadía un pesar melancólico. La misma tristeza era la agonía, sólo que estaba propuesta en un entorno de vida ilimitado e invaluable como era el hombre que se volvía viejo. El que era corredor lo sabía. ¡Qué varita mágica era el bastón! Fue el bastón un toque de vida ilustrísimo lo cual resultó un acierto para todos. El bastón era fuerte y entre su empeño y el de la tierra surgió el empeño del polvo y del golpe. El viento y todos se fortalecieron siendo así como el cambio de propósitos se aplicó de forma satisfactoria a ese ámbito; el lugar se había vuelto algo más precioso cuyas consecuencias terminarían en algo inesperado. Día tras día, la vida siguió su curso mientras los empeños carecían de ataques aparentes. No obstante, el tiempo hacía del lugar algo más confuso; iban surgiendo cambios notables. El bastón tras un cierto trecho vio crecer a un hijo que ignoró por completo hasta que le resultó bastante incómodo: se llamaba desgaste. Este hijo era agotador para el bastón porque mientras su primer hijo con la tierra, el golpe, era constante y digno de vida buscando su empeño en la fortaleza y en la firmeza, el segundo busca su empeño en ser debilitante. El desgaste fue un cruel resultado del cambio. Él reclamaba ser hijo del bastón al tratar de destrozar a su padre. El desgate crecía y crecía para hacer de su hermano gemelo algo más incierto y así matar definitivamente a su padre bastón. Todos, incluido el ciego, procuraban ignorar esto, lo cual resultó ser fatal y finalmente el bastón se rompió haciendo del caos parte presente.

Capítulo 6 - La segunda ocasión.

Todo lo ganado a través del tiempo se perdió en unos instantes: la confusión volvió a poblar aquel lugar y todos sus habitantes, incluido el ciego que era corredor, se sentían muy solos de nuevo. El bastón se había quebrado por el desgaste y todos estaban a punto de morir mientras la angustia se reavivaba. Pero el ciego por segunda ocasión hizo de su existencia algo más que un ciego deprimido de igual modo que no llegó a ser un corredor deprimido. El bastón fue cubierto de barro salido de la tierra. Con unas cuantas lágrimas logró formar una masa y así el dolor que sentía sintió por un momento otro empeño que era el producir líquido de los ojos del ciego. Esa masa es la que se untó al bastón y con el paso del poco viento que quedaba y con un poco de empeño sacrificado se secó finalmente el barro. Fue entonces que en la segunda ocasión en la cual se perdió el rumbo del pequeño universo las cosas no fueron tan difíciles porque el dolor mismo cooperó en la restauración de la vida de todos. El barro amasado encontró su empeño en cubrir al bastón mientras que la tierra encontraba un nuevo empeño al tratar de no destruir la mezcla de barro junto con el bastón. El bastón igualmente encontró como empeño amortiguar los golpes entre la tierra y el barro. Finalmente, el viento se reavivó al continuar con su empeño original. Así el empeño de cada habitante se había convertido en algo mejor y habían tenido como propósito evitar la destrucción del lugar tras la pérdida del orden un par de ocasiones. Sin embargo, la vida no vio otro hijo después del barro amasado y no resultaba sino la preservación de ésta, muy particularmente la vida del barro. En otros tiempos la vida se desbordaba a cada zancada del corredor, después sólo se ha tratado de preservar la vida ya existente. Nadie corría mayores riesgos y mucho menos se sacrificaría a tener otro hijo después de la ingratitud del desgaste. Todos estaban evitando llegar a lo peor y gracias a ello sería posible que lo peor llegara más pronto de lo que se esperaba. El ciego sabía que sería viejo y también sentía tristeza de no correr. La nostalgia había gobernado en este lugar mientras que el lugar se entristecía cada vez más con la ausencia de vigor. La situación no fue alarmante para la segunda ocasión pero el júbilo que se había vivido de tener hijos nuevos como el polvo o el golpe no se vivió esta vez. Imperaba el temor que no era un hijo sino otra manifestación de la agonía del lugar; la agonía nunca se había presentado con tanta lentitud.

Capítulo 7 – El agua crítica.

Tanta meticulosidad en la preservación del mundo llevó a que el descuido más simple se convirtiera en la ruina de todos. Estaban muy nerviosos y lo suficientemente desesperados. La situación era crítica. Nadie sabía que tanto el vigor desbordado como la exageración persistente y rigurosa llevarían de la misma forma a la ruina de este universo donde la agonía parecía que reinaría y luego nada. El viento no participaba mucho sino al no estorbar en los propósitos de los demás. Por otra parte, la melancolía se acrecentaba poco a poco, una ligera capa por día en la mente del ciego que tenía ya las primeras señales de la vejez desde el día en que el primer recuerdo lo invadió con su toque de nostalgia característico de quienes han vivido mucho. Cabe decirse que el envejecimiento de todos era distinto al envejecimiento del hombre. El resto de los seres del universo envejecían con la falta de empeño. Por eso es comprensible que ellos rejuvenecieran de un momento a otro. A pesar de esta pequeña abstracción tan sutil como insignificante, todos se percataban de las situaciones pasadas y presentes de la misma manera. Una observación muy acertada fue que tratar de acaparar un poco de vida los llevaba a perderla toda. Ya se había visto que la tierra al tratar de mantenerse como tierra y el viento al tratar de engrandecerse destruyeron el mundo primigenio con su hijo el polvo. También se tenía como experiencia la ambiciosa ventaja que adquiría el desgaste frente a todos y que terminó en una segunda destrucción casi fatal. Así que el empeño de todos era sostenerse con la mayor de sus fuerzas contra la codicia que desequilibraba las cosas y daba un pretexto válido al tiempo y a la confusión para entrometerse, según ellos, en la búsqueda del orden. En la desesperación y la extrema situación en la que todos se hallaban fue el viento quien sucumbió a la ambición perniciosa. Su ligereza lo llevó a pensar por un pequeñísimo instante en robarle al barro un poco de agua de las lágrimas, que si bien era poca, era la suficiente para que no se resquebrajare. Así que muy rápidamente pasó por el costado del barro y le quitó lo más mínimo que era posible quitarle de agua. Creía el viento que era tan poca que no ocurriría nada, sin embargo ocurrió todo lo que nadie quería y que todos provocaron con su nerviosismo y su miedo. Así fue como el barro tuvo una fractura en la región de donde le fue retirada el agua. Todos sabían que los cambios de empeño eran mortales pero el viento se atrevió a desafiar a la vida.

Capítulo 8 – El alma seca que reconcilió al mundo.

La fractura se extendió por todo el barro aunque pareció traspasar los límites de todo el universo. Sin darse cuenta, el barro se esfumó en una polvareda y el ciego, que nunca sería excelente, no pudo seguir su camino con el bastón hecho trizas justo cuando la polvareda se formó. Se detuvo y junto con él también cesaron los empeños de todos los seres del universo. El polvo restante, el viento y la tierra estaban aterrados. Estos fueron muriendo juntos y en el silencio que la agonía tomaba como trofeo. La tierra no tenía el ánimo de captar más del viento: estaba agotada. El viento no podía contener su culpa y su vergüenza y también envejeció en sólo unos instantes. El polvo no tenía padres y en la orfandad se moría cruelmente suspendido en el espacio. El ciego ya viejo se sentó y sintió venir todo el peso de la melancolía en forma de lágrimas. Corrían torrentes de lágrimas por el suelo decepcionado y cruzando el viento desmoralizado. Ese torrente se transformó, con el empeño de convertir a la tierra en lodo, en un charco. Tanta tristeza albergaba el ciego que no paró de llorar por mucho tiempo. Nació un lago. El empeño del lago era arrastrar a la tierra lo más lejos posible. Tanto dolor y tanta nostalgia hicieron que el viejo siguiera con sus lágrimas: el empeño del dolor en sus ojos que pasó a ser un dolor de viejo era la reconciliación con sus compañeros. Entonces se comprendió que tanto llanto y tanta melancolía guardada eran la última oportunidad de vivir en paz. El viejo recuperó la vista al perder entre tantas lágrimas el polvo que lo había cegado. Luego, dejó de llorar. El polvo huérfano fue arrastrado por las lágrimas al lago. Al comprender la tierra lo que ocurría recuperó los ánimos y tomó como empeño evitar el arrastre al contener el lago inmenso que se había formado. El viento contagiado por la misma reconciliación trató de ayudar al lago a arrastrar a la tierra. Fue tal la fuerza del arrastre de la tierra que ésta se hizo más fuerte. La colaboración fue el último hijo nacido de todos. Y cuando las fuerzas de todos los seres se igualaron, se mantuvieron hasta la eternidad. La confusión desapareció cuando todos vieron claramente, incluido el ciego. Y el que era ciego, ya viejo, decidió tomar como último empeño hasta la muerte ser el mejor nadador en ese lago. Pero el lago sabía que la armonía del lugar dependía de no servir en el empeño de ser ruta de navegación para el viejo. Así el viejo no pudo flotar en el agua y murió ahogado entre sus propias lágrimas pero con la conciencia tranquila: su alma estaba seca de toda tristeza. La agonía se vio pasar por última vez.

27 de Diciembre de 2011

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