Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

LA PESTE AJENA

Rocíese ácido acético (del vinagre casero) sobre la fortuna de vivir manifestada por cualquiera, sobre sus prendas y sus pertenencias, y téngase por seguro que el manifestante sufrirá un acceso de soledad no por el fétido aroma de la substancia referida, sino por la incomprensión de quienes se alejan de él o ella. Los pobres, los mendigos y los vagabundos, son repelidos por las personas que a su lado pasan, e incluso pueden ser golpeados en el afán de hacerlos sentir inmundos o infames. Quizá una ancianita decrépita, con una herencia codiciada aporta cincuenta centavos a este suplicante, el pobre, y no por ello sus vidas cambiarán en adelante. La nieta de la anciana ambicionando los millones de pacotilla renuncia al marido que la encantaba con la mirada; estos siguen juntos sólo por la costumbre de tener intimidad consigo mismos o con nadie, hábitos de adoración y vergüenza sin importar el otro, disfrutando la salacidad cual si equivaliera a gozarla con los respectivos amantes. La amiga de infancia de la nieta, la amante del esposo, ríe extasiada por el engaño al atardecer, enfrente de una taza de té y las galletitas acompañadas por una broma estúpida de la otra mujer que en su casa no da crédito de la gracia con la cual fue concebida y que no sabe apreciar su marido. La ramera, amante según la esposa y amante según la amante, envenena al hombre porque la inconformidad de la vida hízole estragos la razón, propiciando una estocada final al irreverente macho de pueblo que le muestra en su cara la bajeza jerárquica entre las mujeres de su ámbito de amor “inédito”. Inédito porque las señoras del barrio cuchichean la historia con el engaño revelado, de oído en oído, siempre relatando una indecencia jamás observada, lo peor, y los qué barbaridad no se hacen esperar con las manos cubriendo sus bocas. Sólo entonces la conciencia dictamina ir en retrospectiva, tal y como lo hacen las amigas viudas (sin verse lo legítimo de su viudez). La esposa aguarda en la cama a que la serenidad acaezca y entre tanto tiene un arranque de valentía: se pone en los zapatos de su amiga, en el sufrimiento de la amante, en el dolor de la mujer que quiso a su hombre más y mejor que ella. Accede a admitir que sus errores ocurrieron por la fingida dignidad llevada sobre los hombros para evitar lo ineludible, los qué dirán, mismos incontenibles al estallar la bomba de tiempo. Las amigas están más unidas que en el engaño y cada vez menos solitarias porque ambas defienden su dignidad como amigas, si bien, antes no habían podido defender su dignidad como mujeres. Una lame las heridas de la otra, la amante luce el remordimiento con los ojos, suplicando piedad sin tener que hacerlo porque la viuda legítima había terminado de aprehender la comprensión de los sentimientos ajenos y la felicidad con la compañía igualmente empática de la otra mujer, la que siente vergüenza por la confianza defraudada y descubierta defraudada. Nadie exclama nunca más improperios contra la satanizada indignidad de las vecinas impías. Cada vez menos solas, la antes esposa olvida por completo la plata de la abuela y la antes amante olvida su amargura y la burla en el engaño que finalmente terminaron en la alegría por consolidar una relación aún más duradera e inquebrantable que el matrimonio que jamás tuvo y jamás tendría. La abuela, consciente de las penas de su nieta, la única descendiente cercana a ella (pues su hija había muerto años antes) calma su paranoia y deja abrir su mente a las eventualidades de la vida. Así los mendigos no reciben su dinero sino la comida que les ofrece directamente de sus manos, y su trato, y las prendas que les escoge con cariño, y ellos viven por primera vez en mucho tiempo la calidez de las palabras sinceras y el deleite de sus abrazos aunque fueran escasos. Quienes quieren se bañan tras la recomendación de la anciana, y dejan de apestar, y son quienes reciben los más abrazos de los pocos propinados. Sólo por esto, porque las drogas no han terminado de estragar el corazón de los pobres, todos se bañan. Siguen drogándose como no lo puede evitar la abuela, sin embargo tampoco puede negar el afecto a quienes lo necesitan y quieren también darlo a pesar de su condición inmunda y cruel. Las cuotas del corazón son altas y los efectos de las drogas paulatinos, tanto que la anciana parece intocable en los arranques de violencia desenfrenada, cuando en lugar de lastimarla dan la vuelta para lastimar a alguien más. Cuando alguien no la reconoce los demás (quizá menos intoxicados) detienen el rebato neurótico. Ella expresa su asco por el entorno y su miedo, pero también la aceptación de una moral creada por sus desgraciados donde robar a los demás pobres se justifica a la vez que se justifica amarlos. La vieja vislumbra esa verdad transgresora: ellos lo perdonan todo. Tal vez la nieta nunca se anima a apoyar a su abuela ni tampoco lo hace su amiga, y aun así han descubierto la misma conclusión que funciona en el mundo de locos en el cual nacieron y donde les tocó compartir al mismo hombre y la misma indignidad. Y aquél rociado en sus pertenencias con el ácido acético apestoso resultará repulsivo para el mundo como si se tratare de un mendigo pervertido por la violencia, será rechazado por la gente carente de visión, y obedecerá a las leyes de la soledad. No obstante, ni los pobres desgraciados, ni las ancianas millonarias, ni las esposas engañadas, ni las amantes dolidas, ni nadie en este absurdo mundo de locos será alejado por que apesten igual, ni por el aroma a flores del jabón con que se bañen serán aproximados al afecto. En realidad, todos vivirán la lejanía porque a pesar de que el hálito expelido por la piel sea límpido, esto será concebido como el pretexto para justificar la incomprensión que todos cargamos porque lo deseamos, porque ansiamos hundirnos en nuestra soledad, y vivirla, y hacerla propia por soberbia, diciéndonos a nosotros mismos que no apestamos y que no queremos que se nos arraigue la peste ajena.

21 de Abril de 2012

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