Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

EL SUEÑO DE LA COTIDIANIDAD

Cautivo en la jaula de la intemperie, el hombre se percata de su horrible cotidianeidad. Viaja a través de los árboles del bosque sembrado por Dios, surcando los páramos más plenos o los más austeros, provocando nostalgias y desventuras, pero también alegrías y encantos, llegando siempre a la conclusión de que está cautivo dentro de la misma cárcel invisible. El tren lo acompaña cada seis meses en un recorrido siempre distinto, siempre a cualquier destino, nunca el mismo que el primero o que el último, o que cualquiera de los tantos y tantos visitados anteriormente porque ninguno ha servido de nada. Él es presa de la búsqueda continua, sin fin, de algo recóndito dentro de todo el ámbito cuarteado por los volcanes y por la madre Tierra reclamando sus dominios a fuerza de vivas embestidas que el rinoceronte magmático ejecuta desde el África primordial de sus entrañas. Y las ruedas del ferrocarril sorteando las cuarteaduras de la erosión siguen girando igual, cargadas por el peso de las almas intranquilas que abandonan un sitio para llegar a otro. El hombre se dice a sí mismo «Ojalá esta vez sí» y la vida se empeña en decir nuevamente que no, porque la cotidianidad del hombre obedece a su esencia natural, al barro solitario que el Génesis le confirió, y a Satanás, que le indujo un deseo provocador para averiguar el destino. Ya muy lejos del punto de partida, abordo del tren aún, más lejos, desde luego, de las cándidas perversiones del primer libro bíblico, el hombre no recuerda cómo deben seguir sus miserables pasos hacia el futuro. Entonces, el pasado se hace presente para proyectar miles y miles de imágenes, todas llenas de rencores y amores, de estúpidas y divertidas genialidades, y le permite vislumbrar al hombre que la obscuridad no se debe a la ceguera de su existencia, sino a su falta de libertad. El hombre desciende del tren para continuar el recorrido a lo largo y ancho de un cerco desolado, con negros y blancos, con altos y bajos, y llega al punto donde se olvida del tren para dar paso a la irrepetible experiencia en la nueva ciudad, porque ésta se vuelve nueva a sus ojos y no a los ojos de otros hombres. Ve. Y de tanto ver consigue desfallecer entre la belleza de miles de flores vendidas por una sirvienta negra sometida a la volubilidad de la patrona igualmente negra. Las flores están en todas partes, como esa cotidianidad irrefutable, más irrefutable que el amor, y más aún que la muerte, porque la muerte se somete al transcurso del tiempo en la línea del presente. Esa línea parece cuerda floja. Los leones y las jirafas, los perros y los ratones, las cucarachas, y los monos todos saben que la cuerda floja está encarnada naturalmente. No hace falta decirlo después de miles y miles de años de evolución, de enfrentamientos toscos contra la soledad, y de cruces infernales evocadas por las guerras que tratan de someter al otro. En esta ciudad los negros y los blancos se conflictúan porque las negras pasan desnudas, robándose a los maridos de las blancas. Y las blancas en venganza pasan vestidas y perfumadas, arrebatándoles los esposos a las negras. Los negros y los blancos viven eternamente confundidos, desilusionados, y al borde de la decepción. El hombre tiene colmada la paciencia en el malhumor del calor, de la gente y de tantas y tantas cosas que ha vivido desde el primero de los viajes. Pero ya no se preocupa tanto como en las primeras ocasiones, cuando tenía que descansar para caer en la cuenta de la imposibilidad de tener tranquilidad en el corazón mientras las imágenes burdas no desaparezcan. Viene el futuro. Se le presenta en la niña que observa plácidamente las nubes. Él entiende que será el momento oportuno para acabar de una vez por todas con esa miseria desalentadora, con esa mierda de macacos cayendo ineludiblemente, haciéndolo aflorar un desdén en contra de las buenas costumbres, y también de las malas, porque el sentido de los viajes terminaba con el último de los pasajes. En su caso, era ése el último. Tomó de la mano a la niña que no se resistió. Se dejaron llevar ambos hasta el final del camino marcado por los pasos de otros hombres de generaciones anteriores. Y llegaron al final de la ciudad, al comienzo de la selva. La niña y él, juntos voltean nuevamente al cielo para encararlo, para decirle que se vaya, para que los deje en paz. En ese momento, las cosas del mundo se desvanecen y terminan en un cuarto rodeado por una decena de trajes guardados en un ropero, por un ordenador, y por la soltería del hombre a los treinta años cumplidos en un Mayo del año pasado. Sin embargo, el hombre no puede quitarse la sensación de que la cotidianidad lo sigue tanto y más lejos que en los sueños. Entonces, se desespera por el aire de las cuatro de la mañana en una ciudad común y corriente, para vivir el insomnio que refleja la impaciencia provocada por una libertad negada, en una realidad cautivante y aprehensiva, donde las flores siguen allí, y donde la soledad continúa como en los sueños de aquella niña que jamás llegaría en la forma de una hija que tanto esperaba porque a pesar de todo el amor cotidiano, ése sólo es digno de los seres de otra realidad.

19 de Mayo de 2012

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