Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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jueves, 20 de diciembre de 2012

ACIAGAS TRIBULACIONES INSPIRADAS POR EL TIEMPO


El pasillo se mantuvo, durante un año, repleto de figuras, esculturas casuísticas engendradas por el gremio de creadores, almas sensibles y cálidas. Tan tibias que las obras solían cobrar venganza: no toleran (la mayoría) el ardor restante, residuo sobre su piel.

Un pájaro, de sonrisa casquivana, recibía caricias continuamente a pesar de estar inmóvil: pareja simpática, varón y mujer, dábale forma raquítica al alebrije gigantesco, descomunal tamaño el suyo, de costado, por arriba, bajo su barbilla, siempre complacido por las diestras manos que lo palpaban.

Ya terminado y retocado en sus detalles más lindos, resistió, no sin razón, lo chafado del cartón en su piel cuando pasó al corredor de exhibición al aire libre. La comezón se tornó insoportable en su cola, el lomo y las patas. Impotente por no moverse, pasó de un carácter acorde con su pico alegre a otro más maniático, mismo que sólo el viento aplacaba raspándole las partes sufridas.

La lluvia también calmaba su escozor, dañándolo ciertamente, aunque dejándole una mayor comodidad. El agua invadía tanto su estructura que al término de la estación pluvial no dejaba de sentir la misma varicela sin brotes, pero sentía algo más: diarrea. No sabía cagar y el líquido acumulado en su panza, mezcla de pinturas, pegamentos y tormentas, chorreaba lentamente por su trasero de simuladas plumas de celofán.

El sol ardía gustosamente, el suelo se resecaba y volvía a resecar, y el pájaro yacía de pie por última vez. Pasada su deshidratación, el interior se le podría y resquebrajaba. La picazón volvió por todo su el cuerpo como si le hubieran untado chile habanero. Frágil por estar agotado, una leve ráfaga de viento meridiano lo tumbó.

Aquella situación no fue casualidad: pasaban dos jóvenes, charlando, a través del pasillo. Para ambos resultaba cotidiano el cerco de monstruos acartonados, siendo estos colocados en la acera obligatoria para llegar a sus hogares de vuelta del colegio. El soplido laminar cruzó el ámbito, el pajarraco fue empujado por la presión que éste le impuso, y se soltó con toda su magnificencia arruinada con la firme intención de aplastar al muchacho que la quedaba más cerca, el del costado izquierdo, antes de perecer en el quebranto de la caída.

La venganza se ejecutó. El agraviado, indignado, no pateó a la creatura por verla derrengada, la broma del tiempo, y para saciar el ansia hormonal derivada del dolor (surgido del golpe inmediato a la caída del ave) continuó quejándose, asimilando lo humillante de tan ridícula tribulación.

3 de Marzo de 2012

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